martes, 4 de enero de 2011

La Salamandra

Por Omar Villasana


La pared blanca muestra un par de puntos negros que aleatoriamente la recorren mientras Mateo cena. Desafiando la gravedad los puntos negros suben por la pared, se obstinan sobre el aplando del techo para irremediablemente caer sobre el plato de Mateo quien con un enorme asco descubre los ojos de la salamandra que con rapidez brincan de la ensalada al suelo.
La salamandra observa a Mateo como en espera de iniciar el juego corre que te alcanzo. Mateo no se mueve y la salamandra impaciente desaparece sin ser vista.
Ya son varias semanas que la salamandra es el molesto inquilino que se deja ver en las ocasiones menos afortunadas.
Mateo llega tarde a su departamento acompañado de una chica que acaba de conocer en el antro. Despacio entra y se alegra de su buena suerte, ambos con un par de copas de más y con las luces apagadas se arrojan desnudos sobre la cama.
Durante unos segundos permanecen inmóviles, Mateo, con lentitud, recorre con su mano la cadera de la chica, la siente tensa y fría, se aventura en busca de su sexo. Horrorizado, su mano se detiene al descubrir lo que parece un prepucio viscoso. Aún más sorprendido y en el momento que arroja su mano con dirección a la pared ese miembro gelatinoso se desprende y apenas se escucha un ligero golpe mientras la chica enciende la luz y grita¿Qué fue esa porquería que me quitaste de encima?
Mateo sudando copiosamente pero tranquilo se queda callado mientras observa como la chica se viste con toda prisa. Otra noche de abstinencia obligatoria, pero por pudo haber sido peor.
Mateo no logra comprender porque cada día que pasa la salamandra se vuelve más confiada al estar cerca de él, como si le retara con su presencia. Cuando llega de trabajar pareciera que el bicho le estuviera esperando y al momento de que Mateo se acerca da la media vuelta y se esconde en un lugar inaccesible.
Por las noches con desconfianza se dirige al baño y no olvida encender la luz pues aún recuerda aquella ocasión cuando a medianoche con las luces apagadas entró al baño y al acercarse al inodoro la planta de su pie sintió el roce de la salamandra.
Poco a poco se van acostumbrando a su mutua compañía o por lo menos es lo que él cree. La presencia del animalejo no sería tan incómoda si no fuera porque no se sabe en qué momento invadirá su privacidad, a veces presiente que éste aprovechará mientras duerme para meterse por su oído y enterarse de lo que están hechos sus sueños.
Hoy es un día como cualquier otro. Mateo llega a su casa, la salamandra le recibe al llegar pero en esta ocasión él no cierra la puerta de la entrada con la rapidez acostumbrada, el anfibio lo observa con tranquilidad, su rostro dibuja lo que simula una sonrisa de satisfacción. Al fin le han comprendido y con una gran velocidad sale de la casa por el mismo lugar que un día por accidente entró.

3 comentarios:

  1. A veces dejar la puerta abierta no es la solución para librarse de un intruso.

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  2. A veces lo mas obvio es lo que se nos escapa.

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