martes, 6 de septiembre de 2016

Carlos Aprea: “Encuentro en Spinoza algunos caminos para entender los males de la época” -  Entrevista realizada por Rolando Revagliatti



Carlos Aprea

Carlos Aprea nació el 14 de diciembre de 1955 en La Plata, donde reside, capital de la provincia de Buenos Aires, la Argentina. Fue secretario legislativo del Bloque del Partido Socialista en el Concejo Deliberante de La Plata en el período 2002/2005 y miembro fundador de la Cátedra Libre de Soberanía Alimentaria (2003/2006). Ha sido columnista en diversos programas radiales y ha dictado talleres sobre formación actoral, creatividad y poesía. Publicó los poemarios “La intemperie” (Ediciones Al Margen, 1999), “Abrigo” (Ediciones Al Margen, 2006), “La camisa hawaiana” (Libros de la Talita Dorada, 2010), “Pueblos fugaces” (Libros de la Talita Dorada, 2012), “Villa Elvira” (Pixel Ediciones, 2014). Su quehacer ha sido incluido en diarios y revistas tanto en soporte papel como electrónico, y en las antologías “8 poetas regionales” (2º Premio Concurso EDELAP de Poesía, 1997), “Poesía 36 autores” (La Comuna Ediciones, 1998), “Pan, amor y poesía — Culturas alimentarias argentinas” (compilación de José Muchnik, Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, 2008), “La Plata Spoon River” (compilación de Julián Axat, Libros de la Talita Dorada, Colección Los Detectives Salvajes, 2014), “Antología relámpago” (Pixel Editora, 2014).


   1 — Te recibiste de Técnico Químico en 1974.

          CA — Sí, entonces concluí el “colegio industrial”. Luego del interregno del obligado servicio militar, en 1975, comencé estudios de geología en la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de La Plata, en 1976, y los interrumpí en 1978. También entre 1976 y 1980 formé parte del Taller de Investigaciones Dramáticas dirigido por Carlos Lagos y más tarde integré un numeroso equipo de trabajo bajo la dirección de Quico García, que en 1981 y 1982 llevó a escena una elogiada versión de “Woyzeck”, de Georg Büchner. Mi continuidad actoral se prolongó hasta 1985, participando en “Escorial, la leyenda negra”, con dirección de Rafael Garzanitti (1982), “Vincent y los cuervos”, con dirección de Quico García (1983/84, La Plata; 1984, Capital Federal) y “Antonito el Camborio”, oratorio y coro de la Facultad de Bellas Artes, UNLP (1985). Por entonces fueron apareciendo mis primeros trabajos de escritura en las revistas culturales “Talita” y “El Hormiguero”. Ejercí como Técnico Químico en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET, 1977 y 1980/82), de donde me fui echado, por diferencias “conceptuales” con el director del centro de investigación. Cumplí funciones como Inspector de Perforaciones en Obras Sanitarias de la Provincia de Buenos Aires (1978/1980) hasta que la política (de la dictadura) en el área dio un giro, desarmaron la repartición y preferí cambiar antes que quedar en una extraña oficina de “mayores costos” para el Estado y “mejores ganancias” para las empresas contratistas.

          2 — ¿Y ya después?...

          CA — En los primeros años de democracia me desempeñé en la librería “Libraco”, de Emilio Pernas, donde conocí a intelectuales y artistas que regresaban de distintos exilios (León Rozitchner, Saúl Yurkievich, Javier Villafañe, etc.) y visitaban al viejo librero. Verdaderamente, “Libraco” era una fiesta. Desde 1985 hasta entrados los ’90, mi endeble situación económica y la falta de trabajo, me obligaron a alejarme de mi ciudad, de la actividad grupal y del teatro. Inicié una fase de mayor introspección, y la escritura y mis hijas fueron la posibilidad de asirme a la belleza y la esperanza. Recién en 1988 y gracias a los oficios de mi padre, pude ingresar a Yacimientos Petrolíferos Fiscales y estabilizarme, pese a la crisis general. Con turnos rotativos continuos fue muy difícil retomar proyectos grupales, pero seguí escribiendo. En 1997, por el empuje de amigos (particularmente el poeta, filólogo, traductor y docente Juan Octavio Prenz), decidí dar a luz algunos poemas, presentándome en un concurso en donde obtuve el segundo premio y mi primera publicación en una edición colectiva. Paralelamente, la Editorial Municipal La Comuna (con la dirección del narrador Gabriel Bañez y la especial asistencia del poeta Osvaldo Ballina) incluyó poemas míos en la primera antología de poetas platenses que proponía dicha Editorial. Allí se afianza una nueva etapa en donde a la generosidad de Osvaldo, sumo la de Ana Emilia Lahitte (1921-2013), quien también me alienta. Y, sobre todo, me integro a un grupo de poetas de mi generación: Gustavo Caso Rosendi, César Cantoni, Martín  Raninqueo, José María Pallaoro, Norma Etcheverry, Norberto Antonio, etc. y tengo el gusto de tratar a los mayores: Horacio Castillo, Néstor Mux, Horacio Preler. En ese marco, decido editar mi primer libro, “La intemperie”, con una joven editorial (Al Margen) y con un prólogo de Prenz.

          3 — Tu actividad teatral, y hasta cinematográfica, prosiguió.

          CA — En la década de los ´90 dirigí a una excelente actriz platense, Graciela Sandoval, en “Memoria y celebración”, unipersonal con textos míos y citas de diversos autores, pero recién a partir del nuevo siglo pude retornar con plenitud a la actividad. En 2006 dirigí “Pervertimento y otros gestos para nada”, de José Sanchís Sinisterra, y en 2007  regresé a la actuación en “Ensueños – Juana Azurduy”, de Omar Mussa y dirección de Nina Rapp, obra que representamos no solo en La Plata sino en el interior de la provincia y en distintas localidades del país, entre 2008 y 2013. Y con el mismo equipo realizamos “Palabras… La palabra ausente” en 2009 y 2010. En 2011 un accidente de trabajo me alejó de la actuación y posteriormente apenas intervine en algunas funciones de “Ensueños” con el mismo elenco.
          Fue en 2007 cuando participé en el cortometraje “Entropía” (Facultad de Bellas Artes – UNLP), y en 2013 en “Cipriano. Yo hice el 17 de octubre”, largometraje de Marcelo Gálvez, y en algunos capítulos de una serie breve, que recién en los últimos meses pudo verse por la web: “Rastreros”, con guión de Marcelo Landi y Gabriel Saxe y dirección de Mariano Colalongo. La serie plantea el devenir de un grupo de refugiados en la Isla Paulino (de Berisso), en un futuro postapocalíptico, con inundaciones, desastres energéticos y  quiebre del estado.

          4 — ¿Nos ilustrás respecto de las antologías compiladas por José Muchnik y Julián Axat?

          CA — Ambas son “temáticas”, responden a una situación extra literaria. En el caso de “Pan, amor y poesía – Culturas alimentarias argentinas”, fui convocado a partir de mi participación en la Cátedra Libre de Soberanía Alimentaria y en experiencias vinculadas a lo que se da en llamar “desarrollo local”: el cultivo del tomate platense y el vino de la costa, dos producciones muy típicas de la región donde vivo y cercanas a mi historia personal. En el caso de “La Plata Spoon River”, fue por una invitación del poeta y editor Julián Axat quien, a partir de la tragedia padecida en mi ciudad con la terrible inundación de 2013, decide incorporar a un grupo de poetas de distintas zonas del país, para que asuman, al estilo de Edgar Lee Masters, la escritura de un texto o poema póstumo de alguno de los ochenta y nueve fallecidos, es decir, darle voz a quienes no pudieron tenerla e incluso fueron silenciados y ocultados por mezquinos cálculos políticos (ya que el número total de víctimas, al principio, no quiso ser reconocido por las autoridades); fue una labor compleja pero, creo, necesaria.


          5 — En el aglomerado urbano Gran La Plata se halla la localidad Villa Elvira, y así se titula tu último poemario.

          CA — Villa Elvira es un barrio muy extenso y probablemente el más poblado de la periferia del casco histórico de La Plata. Es donde pasé mi infancia y casi toda mi vida adulta, desde que regresé en 1985. Los textos que conforman el volumen reflejan historias, personajes y sensaciones vividas; y las transformaciones sucedidas en los últimos años, que han cambiado sustancialmente al entorno urbano y sus pobladores. Me llevó su tiempo no caer en la trampa melosa de la nostalgia y encontrar el tono justo para el conjunto. Considero que algunos de los poemas se salvan.


          6 — ¿Y tu próximo poemario?

          CA — Me suele suceder que tengo varios proyectos “añejándose” en alguna carpeta de mi computadora o incluso, en algún conjunto impreso, dando forma embrionaria a un futuro libro. Pero hay ya una colección de poemas corregidos que articulan un relato amoroso, una experiencia, que probablemente se llame “Layla en la tierra sin mal”. Tengo otro conjunto que estoy preparando con el título de “Tregua en la propia casa” y un tercero, muy breve, “Historia natural – Canciones escanciadas”. En los tres casos, la cuestión del amor, los vínculos humanos, están en el centro de la escritura y al mismo tiempo, hay un homenaje, más o menos velado, a canciones o formas musicales que me han acompañado y me acompañan aún, entrelazadas con la vida.


          7 — Sos miembro de Pixel Editora.

          CA — Sí. Participo en una experiencia colectiva, independiente y autogestiva, que lleva adelante un entusiasta grupo de jóvenes en una casa–librería llamada “El Espacio”, en la calle 6 y diagonal 78 de La Plata, en donde coexisten una librería, distribuidora y editorial (“Malisia”), otras tres editoriales (Píxel Editora, Club Hem Editores y EmE), un taller de diseño, arte gráfico y encuadernación (Fa) y otras iniciativas afines al libro y la difusión cultural (Agenda Záz). El ámbito permite el dictado de talleres, presentaciones de libros y lecturas, proyecciones, pequeños recitales musicales, etc. Ya cumplió un año de trabajo ininterrumpido ofreciendo un refugio para la creación, el intercambio y el encuentro, lo que me gusta llamar “la socialización de los afectos”, imprescindible frente a la ferocidad del mundo.


          8 — Dos citas de Baruch Spinoza y una de René Char anteceden cada uno de los tres capítulos de “Abrigo”.

          CA — Alguien escribió una vez que las citas en un texto son como puntales, que el autor coloca aquí o allá con la pretensión de que sirvan de sostén a una construcción de la cual duda…; también es posible que funcionen al estilo de las oraciones cristianas o de las invocaciones a los dioses protectores. Prefiero pensar que son un modesto homenaje, una confesión de influencias. Releo cada tanto “Hojas de Hipnos” de Char y su hondura me fascina, es puro alimento; y encuentro en Spinoza algunos caminos para entender los males de la época. “Abrigo” arma lazo con el descubrimiento de la esperanza, después de “La intemperie”, y tanto uno como otro me han acompañado en ese derrotero.


          9 — “Pueblos fugaces” está precedido en cada sección por epígrafes de Thomas Radcliffe (1525-1583).

          CA — “Pueblos fugaces” nació a partir de un conjunto desordenado de poemas vinculados a experiencias de viaje; fue tomando más volumen cuando comenzaron a irrumpir lugares imaginarios. Me obsesionaba encontrar un orden a ese conjunto y así apareció Thomas Radcliffe, un heterónimo insospechado que me asaltó una noche de insomnio y me ofreció un libro apócrifo: “El camino del andariego”. Seguramente operaron en mí algunas lecturas sobre las andanzas de Aimé Bonpland y Alexander von Humboldt por América, y algunos viajeros ingleses y galeses por la Patagonia, como para dar vida a este ignoto epigrafista.


          10 — Fuiste incluido con un artículo o relato en un volumen cuya autora es Ángela Gentile: “Diáspora griega en América” (Editorial Hespérides, La Plata, 2015).

          CA — La propuesta surgió a partir de la invitación de una amiga, la escritora y docente Ángela Gentile, fundadora de la Asociación “Ser Griegos”. Consistió en elaborar una biografía ficcionalizada, de unas 2000 a 2500 palabras, contando con escasos datos obtenidos oralmente, de una persona real, un griego de la ciudad de Berisso, para formar parte de un libro coral que recogiera vidas de exilados griegos en Argentina y América Latina: el enorme patrimonio que aportaron y sus historias en la tierra natal. En mi caso, la brevedad y complejidad del testimonio oral que se me ofreció, me sumergió en una apasionante búsqueda por la geografía y el devenir contemporáneo de Grecia. Cuando el volumen se presentó logré conocer a miembros de la familia de quien había contribuido con su testimonio y completar la semblanza de alguien a quien aprendí a respetar y apreciar como un auténtico testigo de su pueblo.

      11 — ¿Nos referimos a tu condición de melómano?

          CA — Con preferencias por el jazz (de los ‘50 para aquí), el rock, la música folklórica argentina, latinoamericana y europea, la música barroca y contemporánea. Crecí en una familia con escaso bagaje musical, vinculada a las colectividades de origen, italiana y española y, en el caso de mi padre, por esa vocación argentina de los hijos de inmigrantes por el tango. Era un amante de Gardel, el uruguayo Julio Sosa y el tango de los ‘40 y primeros ‘50, pero aborrecía a Astor Piazzola. Mi formación arranca tanto por el rock como por los cantautores de los ‘60: Joan Manuel Serrat, Paco Ibáñez, Patxi Andión, y la nueva música folklórica argentina y latinoamericana: Violeta Parra, Alfredo Zitarrosa, y un largo etcétera. Con el jazz me encuentro en los comienzos de la dictadura de 1976 y empiezo a escuchar a los grandes del bop y del cool de los años ‘50 y ‘60. Me enamoro de Miles Davis, Keith Jarret, ¡Charly Haden! y muchos otros. Hay un acervo cultural enorme en los años que van desde final de la segunda guerra a los ‘80, por lo menos. Considero que se ha ido perdiendo esa riqueza y hay una estandarización tremenda de las propuestas musicales (lo mismo que con la cultura en general) que se corresponde con lo que Castoriadis llamó “el avance de la insignificancia”. Estamos en una época en donde la profundidad puede hallarse en la experiencia con pequeños grupos, fuera de la grandilocuencia de los planteos del “mainstream”, de los presupuestos y dictados del “mercado”. Estamos inundados, por otra parte, de un interminable “revival” y refritos de músicas de las décadas pasadas, y eso es solo otra estrategia de mercado: golpes de pura y envenenada nostalgia.


          12 — Tengo entendido que has viajado tanto como te ha sido posible.

          CA — Por arraigada convicción y necesidad vital. Recorrí gran parte de nuestro país, varios de Latinoamérica y algo de Europa. Hay un cambio psicofísico comprobado en quienes prepondera el hábito de los viajes. Un nuevo sentido de pertenencia a la manada humana, de respeto frente a las nuevas geografías. Una manera mejor de ubicarse frente a los propios conflictos, las expectativas, las esperanzas. Y lo más conmocionante, el mayor aprendizaje es cuando uno se anima a “perderse” por callecitas, por senderos poco explorados, por fuera de la postal turística. Recuerdo ahora, por ejemplo, una charla con un maestro campesino de Cotacachi, en Ecuador, que mantuvimos mientras almorzábamos en una feria de comidas típicas y bailes, donde permanecimos hasta proseguir nuestro trayecto a Quito. El maestro nos explicó, con absoluta calma y dedicación, la concepción de justicia de las comunidades indígenas andinas, en donde enseñaba. Terminamos de almorzar y se despidió calzándose el sombrero y diluyéndose entre el gentío.


          13 — ¿Y los deportes?...

          CA — No he sido un buen deportista precisamente, pero me atraen los deportes de equipo. En futbol soy hincha (no fanático) de Gimnasia y Esgrima La Plata, y del Barcelona F. C., como para compensar tanta sequía de triunfos locales. Hay una belleza implícita en el buen juego que, cuando sucede, provoca una emoción sin dudas estética. Siento que pasa lo mismo en el rugby o el básquet. Pero no he mantenido hábitos deportivos; si algo me ayudó a sostener alguna disponibilidad física es la práctica teatral y las disciplinas vinculadas.


          14 — Sos miembro de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de La Plata.

         CA — En realidad, he sido miembro activo durante algunos años, a fines de la década de los ‘90. Sucede que por haber trabajado, a comienzos de la recuperación democrática, junto a Emilio Pernas, miembro fundador de la APDH de La Plata, conocí a muchos de sus integrantes y valoré (y valoro) su sostenida defensa y promoción de los derechos humanos. Las consecuencias de la última dictadura militar sobre el tejido social y cultural de nuestra región han sido tremendas. La Plata fue uno de los epicentros de la represión sistemática y las huellas están presentes aún hoy. Dentro de la actividad artística fue casi impensable para nuestra generación no reflexionar sobre esa época y actuar en consecuencia tratando, al menos, de impulsar la verdad y la justicia sobre la barbarie cometida y el castigo a los culpables.


          15 — Si sos un tipo sociable y hasta te agrada cocinar —según me refirieron—, tendrás bastantes amigos.

         CA — A esta altura de la vida, ¡y después de varios años de intoxicaciones virtuales!, no creo que la amistad tenga que ver con la cantidad, tampoco con una selección de distinguidos o exquisitos. Pero es cierto que me gustan las reuniones, la conversación, la charla animada con algún brebaje compartido y esa leve exaltación de los sentidos que hace que la afabilidad y la empatía brillen. Hay que preservar y ampliar esos espacios de convivencia. Hay una concepción de la cultura como mero entretenimiento que está matando la formación de un público inteligente y sensible frente a los problemas humanos. Una alternativa igualmente miserable es la idea de lo culto como una acumulación de datos, como si se tratara de postales o fichas para demostrar cierta pertenencia social, cierto “roce”. En ambos casos se degrada el trabajo creador y el hábito del dialogar, del intercambio, no solo de certezas, sino de lo que es más importante: dudas, hipótesis imprecisas, el riesgo del placer de lo inseguro, aquello que por bello o insondable nos conmueve. En ese momento cada uno se cierra en una ristra de lugares comunes y la amistad, como el amor, se degrada.


          16 — ¿Qué poetas admirables, olvidados o no tanto, no han modificado el curso de la literatura, y cuáles sí lo han hecho?

          CA — No sé responderte. Quizás porque no tengo un canon adquirido, ni una formación académica con la cual dialogar, discutir, aprobar, refutar. Evalúo, más bien, que en la historia hay “corsi e ricorsi” y además, somos parte de una cultura en profunda mutación, cuyo sentido, su dirección, es para mí un misterio. Por ejemplo, ¿alguien ha recogido el guante de Miguel Ángel Bustos [1932-declarado desaparecido por la dictadura militar el 30.5.1976] y estudiado a fondo las poéticas de las culturas originarias de América como para generar un nuevo lenguaje americano? ¿Es posible ir más allá de las búsquedas de un Gelman o Leónidas Lamborghini con sus planteos sobre la lengua? ¿Es posible recuperar o reformular el vínculo de la poesía con el ritmo y la música presentes en los orígenes del propio idioma español? ¿Es posible superar cierta desmedida atracción por un canon “norteamericanizado”? Por otra parte, hay una excesiva propensión a fijar campos, clasificar, esquematizar o periodizar a la cultura, y a mí no me interesa. Es una tarea de la Institución. Lo que debe ser facilitado es el acceso a la poesía universal y después, que cada uno encuentre su poeta. Reconozco que en distintas etapas he necesitado la novedad, y en otras volver a las fuentes de mis primeras lecturas o de la propia lengua, pero en todos los casos, yo no puedo separar totalmente poesía y experiencia y ése es mi límite, tanto para la exploración como para el gusto. Entonces no se cuán olvidado está un Cesare Pavese o un Baldomero Fernández Moreno, por poner algún ejemplo, porque el problema es otro: muchos no los conocen y sus lecturas están guiadas por el canon de cierta moda muy sitiada y elemental.

 
          17 — En “Yo el supremo” de Augusto Roa Bastos, esto: “Delirio de la transparencia: el lector, olvidado del libro, se ve mirado y leído por los personajes”. ¿Alguna experiencia tuya de lectura se acercaría a lo descripto?...

          CA — Sí, lo he percibido en mi adolescencia, con algunos libros de Bradbury (recuerdo, por sobre otros, “El vino del estío”); lo he sentido en los ‘90 con algunos de Paul Auster; no olvido el impacto de la lectura de Roberto Arlt en mi juventud, el terror de ser un Erdosain sin rumbo, vagando por una ciudad devastada. Hay algo en los grandes libros que inevitablemente nos interpela en tanto humanos, nos enfrenta con nuestras propias dudas y decisiones vitales. Pasa con la gran literatura, con la gran poesía. Cómo no recitar en plena dictadura, como un mantra mental, el “mañana es mejor” del amado Luis Alberto Spinetta; cómo no sentir que Raúl Gustavo Aguirre cuando escribe “(...) No importa que no haya solución para nadie ni perdón para nadie,/ ni si al fin estás solo en las salinas de la madrugada/ haciendo todo lo posible para que salga el sol,/ para que esos rostros queridos no se hundan en los rápidos de la nada/ que acecha tanta maravilla”, está hablando de nosotros, de nuestra tremenda orfandad, de nuestra esencial desolación.


          18 — ¿Qué te hace reír a mandíbula batiente?

         CA — Desde hace dos años, el humor, la alegría, tienen que ver con mi nieto. Es difícil no caer en lugares comunes, pero la presencia de un niño revitaliza al niño propio y con él uno se permite toda clase de ridiculeces y absurdos. Siempre me ha entusiasmado ese tipo de comicidad. Puedo escuchar una y otra vez algunos de los monólogos de Daniel Rabinovich con “Les Luthiers” y no dejo de llorar de la risa con sus juegos de palabras; lo mismo me pasa con los grandes del cine mudo, como Chaplin o Buster Keaton.
          En lo estrictamente personal, me complace recrearme con el ridículo cuando tengo la posibilidad de hacerlo, sobre todo para escapar de cierto malestar que me “encabrona” como consecuencia de realidades que me violentan (también, claro está, por el propio avance de mi edad). Pese a diferencias, o incluso algún que otro malentendido, con mis hermanos sobrevive cierto hábito del juego absurdo y el humor, y es muy curativo.


          19 — ¿Carlos Mastronardi, Francisco Madariaga o el ya citado Leónidas Lamborghini?

           CA — Me golpeó primero Madariaga, ese “criollo del universo” me parece entrañable y bellísimo, esa especie de sincretismo entre la vanguardia surrealista y su amor por la tierra natal, “lo real maravilloso” de los esteros, imágenes de una potencia arrasadora. En Lamborghini me seducen sus escarceos sobre los mecanismos del idioma y su vocación política profunda. Política en el sentido más ubérrimo del término, como sentía Vallejo o Gelman; en Lamborghini hay una ironía que viene en la lengua amasada desde el fondo de nuestra historia, presente en nuestras clases populares, en sus mitos y en sus esperanzas y luchas, y él opera con todo el andamiaje de la vanguardia, para resignificarla, para hacerla presente vivo. Con Mastronardi me he atrevido poco, y lo poco leído lo debo a los poetas mayores de La Plata. Alguna vez charlamos con Mux o con Preler sobre lo que significó Mastronardi para ellos; creo que su poesía está emparentada con las suyas, una forma de llegar a una economía del lenguaje sin altisonancias, sin recarga emocional, un “objetivismo de provincia” me animo a decir, para poder hablar de graves o sencillas cosas y conservar un sentido casi sacro del poeta y su oficio, esquivando banalidad y grandilocuencia, dos graves carcomas del poema.


          20 — ¿Sor Juana Inés de la Cruz, Katherine Mansfield o Delmira Agustini?

          CA — No son escritoras que haya leído exhaustivamente. Me siento más cerca de Katherine Mansfield, por temperamento, por su peripecia vital, pero volver a leer a Sor Juana o a Delmira es refrescar el idioma propio. Necesito, cada tanto, releer la extensa historia de nuestro español. No se puede, me parece, abandonar a Quevedo, Jorge Manrique, Cervantes…, San Juan de la Cruz, las cántigas de Alfonso X, los viejos romances, los cantares de gesta…

 
          21 — Opina una de las dos narradoras de la novela “La elegancia del erizo” de Muriel Barbery: “La facultad que tenemos para manipularnos a nosotros mismos para que no se tambaleen lo más mínimo los cimientos de nuestras creencias es un fenómeno fascinante.” ¿Añadirías…?

          CP — A pesar de que sabemos que somos equilibristas, allí arriba, entre vientos cruzados, sonidos sorpresivos, un pájaro inesperado que nos roza el hombro y el rumor que sube desde quienes nos observan desde el suelo, ajustamos milimétricamente cada músculo del cuerpo, segundo a segundo, para no caer de la cuerda… Pero tal vez sentimos que somos como las casas flotantes de Ámsterdam o el Tigre: no hay cimientos, nuestras creencias no pueden sostenerse como una roca imperturbable en un planeta en permanente mudanza, en permanente desarraigo. Quizás lo único inmutable sea la interrogación que llevamos grabada a fuego dentro nuestro y empuja algo parecido a una fe, algo para tener con qué seguir viviendo.

*
Carlos Aprea selecciona poemas de su autoría para acompañar esta entrevista:

También vivimos

de recuerdos,
de evocaciones,
también vivimos

en la playa desolada,
desguarnecidos,
llamando inútilmente
en la tempestad,
también vivimos

la marea baja lenta
y se vislumbran 
manchas,
basuras,
restos
sobre la playa,
caminamos
sobre la anatomía descuartizada 
de la derrota,
aún son tenues los llamados,
tenues y temerosos,
un horizonte en brumas,
así
también vivimos

entre ceremonias de exhumación 
y primaveras
esta nueva estación
y sus milagros
de horas dilatadas,
de reencuentros,
de homenajes tardíos y delirios,
del sabor amargo de la nada
y el hambre
de lo imposible,
y la fe y los rencores,
también vivimos.

                                         (de “La intemperie”)

*
Los perdedores

gozosa herida,
insistencia absurda de golpearse y golpearse
con la misma miseria los oídos,
noble madera carcomida, herrumbre de los años,
persistencia,
canción cortada por el hacha de un carnicero
viva en sus pedazos,
crece en tiempo de descuento,
cuando la edad comienza a ser una amenaza,
crece 
una música tatuada en las entrañas,
para que la clasifiquen los imbéciles
y le teman los traidores,
y los asesinos sepan que nunca descansarán
y aunque sea 
les sirva de condena,
no hay llanto tan feroz,
ni dolor tanto,
melodía embrujada que nos arrimas al borde aquel
de la derrota,
y nos empujas seductora a ese otro lado donde todo calla
para siempre,
quizá no fuimos fieles a patrones o ejemplos,
quizá el azar marcó de canto una baraja mala
y nos dejó sin falta ni resto,
o tal vez temblamos más de lo que el tiempo exige
a los verdaderos triunfadores,
y perdimos el fiel, el equilibrio, la mesura, 
el cinismo de los escaladores,
y la alegría de los exitosos sin culpa y sin memoria,
pero aún nos conmueve
una “esperanza absurda, que es toda la fortuna...”,
melodía embrujada,
sirenita,
te reís de nosotros que no queremos cera en los oídos,
aunque tu canto convoque  los dolores más hondos,
y persistimos en hacer el viaje 
atados al palo mayor,
sin brújula ni timón, sin cartas ni astrolabios,
sin marea ni mar,
despidiendo a los muertos que mueren todavía,
sin llegar a saber
si la nave parte, si sube la marea,
atados al palo mayor, de una nave varada y descompuesta,
no hay otra cosa que sea tan inútil
no hay otra cosa que nos importe tanto.

                                                                 (de “La intemperie”)
*
Entrevista realizada a través del correo electrónico: en las ciudades de La Plata y Buenos Aires, distantes entre sí unos sesenta kilómetros, Carlos Aprea y Rolando Revagliatti, 2016. 

http://revagliatti.com.ar/act9002/ultinf_aprea.htm 




miércoles, 17 de agosto de 2016

“Lustra”, de Ezra Pound, gracias a Juan Arabia


Posiblemente Ezra Weston Loomis Pound (Hailey, EE.UU., 1885-Venecia, Italia, 1972) sea el último “gran maldito” (uno de verdad, jugado en su apuesta literaria y vital) que le resta a la poesía occidental. En una época signada por los acatamientos a los lobbies literarios, las zancadillas y los atajos que conducirán o no al círculo de los autores canonizados, aceptados y anulados por la maquinaria cultural, el ejemplo del ceñudo poeta de Idaho, que enfrentó -y enfrenta todavía- al establishment y las buenas maneras de hacerse de una carrera literaria continúa vigente, incomoda, molesta.

Fascista, oficialmente declarado traidor a su patria -como Jean Genet a la suya-, ex convicto, ex demente y huésped de un manicomio, genial poeta, extraordinario crítico, erudito cabal, admirado entre muchos otros por T.S. Eliot, Robert Frost y William Carlos Williams -nada más y nada menos-, para quienes se asoman a sus obras posee el nublado resplandor del rebelde, ese condimento romántico de vago aroma. Aquellos que ya se adentraron en los sinuosos y espléndidos caminos de The Pisan Cantos (1948), Personae (1909), Umbra (1920) o Lustra (1916), cuya magnífica traducción por el poeta argentino Juan Arabia nos ocupa, habrán advertido desde un comienzo que estaban ante una obra singularísima, sin parangón posible... ¿a quién podemos comparar con Ezra Pound, no ya a Ezra Pound con otro poeta? ¿No es esa una de las marcas definitivas del genio?

Pero esa conducta, ese proceder en el mundo que va mucho más allá de la postura más o menos adecuada para el marketing literario de los tantos “enfants terribles” que lo precedieron o lo sucedieron ha sido siempre un estigma, a la vez que un ejemplo “nada conveniente”, de a qué extremos puede llegar un creador cuando está persuadido -¿con razón, sin ella?- estética y éticamente de cuál es su imago mundi particular y de qué tipo de coherencia se espera de él... y espera él de sí mismo. Grave, gravísimo ejemplo, que sigue pesando sobre Pound y marcando paradojas tales como que haya recibido, todavía internado en el hospicio de St. Elizabeth, el máximo reconocimiento de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos de Norteamérica... apenas años después de que la CIA y el FBI dieran vuelta Italia, tras la rendición del Eje, buscando a su compatriota para capturarlo y meterlo en una jaula, dejándolo a la intemperie como si fuese una bestia.

Pero la consciencia poética trabaja a contrapelo, muchas veces, tanto de las paradojas de la historia como de los caprichos de las cortes literarias y así, aunque execrado por tantos en su tiempo, y posteriormente tan incomprendido como malinterpretado, Pound ha llegado al nuestro, al siglo XXI, tan vivaz y comprometedor como cuando, por ejemplo en 1959, pese a las secuelas de los electroshocks y la reclusión forzada, tuvo fuerzas todavía para fundar en Inglaterra una revista literaria, Agenda, que todavía sigue editando empeñosamente la querida Patricia McCarthy.

Si su figura y su obra siguen vigentes -cuando tantos poetas de su época fueron perdiendo primero sus editores y luego sus lectores- y, por el contrario, es Pound hoy en día el poeta una y otra vez redescubierto, ello se debe a la labor silenciosa, sin estridencias, de traductores, autores, críticos, admirados lectores que trabajan con una materia tan difícil como su soberana poesía y sus espléndidos ensayos, textos que distan mucho de haber agotado cuanto tienen para decirnos. Uno de esos trabajadores de la historia leal a sus máximos logros es Juan Arabia, quien bajo el sello Buenos Aires Poetry, de Argentina, se ha esforzado -y mucho- por dar lo mejor de sí en una traducción de Lustra (ISBN 9789874623317, Ed. Buenos Aires Poetry, 2016) que, estimo, no le disgustaría en lo más mínimo al exigente Ezra.

El lugar común indica que para traducir a un poeta el traductor también debe serlo. Ese es el caso de esta más que convincente traducción de Lustra, cuando Arabia ya acredita, amén de una obra ensayística recomendable, una labor poética que no se puede pasar por alto y nos ha legado, en cuanto a traducciones, otra joya reciente: su versión de Nuevos Versos y Canciones (ISBN 9789874576101, Ed. Buenos Aires Poetry, 2015), de Jean Nicolas Arthur Rimbaud (1854-1891).

El esmero y el cuidado que el traductor ha puesto en su intento de llevar a la lengua castellana las delicadas y complejas estructuras de Pound -presentes aun en textos como Lustra, tempranos en el curso de una obra tan dilatada- no han sido en balde: su versión de Lustra viene a corregir a tiempo, todavía a tiempo, falencias y malentendidos generados por intentos anteriores y menos afortunados, posiblemente no menos apasionados sus gestores por brindar, como Arabia, las mejores traducciones posibles de Pound, pero sin que el éxito coronara en sus casos tanta devoción.

El poeta argentino aunó en su perseverante trabajo tanto la fidelidad al texto original como la creatividad y el coraje indispensables para -con conocimiento y talento- alcanzar a ofrecerle al lector las equivalencias de sentido que parecen insalvables, muchas veces, entre una lengua y otra. Otro lugar común: ¿Es la poesía el género literario más difícil de traducir? Honestamente creo que sí lo es y por ello resulta más meritorio todavía el esfuerzo de los trabajadores del lenguaje, como Juan Arabia, que lo dan todo de sí para llevar a manos de aquellos lectores, los que no dominan la lengua original de los poetas mayores, sus mejores creaciones. ¿Un esfuerzo prometeico? Puede ser, pero en definitiva, con Lustra, de Ezra Pound, este de Arabia sí que valió bien la pena.

Párrafo aparte para el ajustado prólogo del traductor, excelente introducción a la vida y la obra de Pound, y para el acierto de Arabia al haber trabajado como original la última versión publicada por Alfred Abraham Knopf -entonces, un joven editor de 25 años, cuando Pound contaba 32- en 1917, la que incluye la totalidad de los poemas, entre ellos los censurados pudibundamente un año antes por el editor londinense Charles Elkin Mathews.

Luis Benítez




lunes, 28 de marzo de 2016

Ediciones de autor: Publicar en Buenos Aires y el mundo



Pampia Grupo Editor Argentino, que reúne a los sellos Pluma y Papel, Suburbia, La esquina de los Vientos y eBook Argentino, acaba de abrir su convocatoria 2016 para autores en los géneros novela, libro de cuentos, poesía y ensayo, que deseen hacer realidad su libro con el mejor asesoramiento. Pampia Grupo Editor Argentino le permitirá invertir en su libro con la guía de expertos en diseño, impresión y distribución, llegando mediante ediciones electrónicas a un gran número de tiendas digitales de todo el mundo.
 Los manuscritos -en formato Word o PDF y en tipografía Times Roman cuerpo 12, a doble espacio de interlineado- deben ser enviados desde el 1ro. de abril y hasta el 31 de agosto del corriente año a la dirección: manuscritos@pampia.com, consignando en la primera página: Nombres y apellidos del autor, ciudad de residencia, nacionalidad, teléfono, título de la obra y género, así como un breve currículum literario (máximo 250 palabras).

El envío implica que el autor se declara único titular de los derechos de la obra, que no se halla comprometida su edición con ninguna otra editorial ni pendiente de resolución de concurso alguno y que está plenamente disponible para ser editada por alguno de los sellos de Pampia Grupo Editor Argentina.
Asimismo, con el envío de su obra el autor exime expresamente a Pampia Grupo Editor Argentino de cualquier tipo de responsabilidad por plagio total o parcial del texto, o cualquier otro cargo judicial que será de expresa y exclusiva responsabilidad del autor. Los manuscritos, por estricto orden de llegada, serán evaluados por el escritor Luis Benítez, Asesor Literario de Pampia Grupo Editor Argentino, y en caso de ser adecuados para los planes editoriales del grupo editor en  2016, el autor recibirá una propuesta de convenio para su edición, en un plazo de 90 días a contar desde el envío. Si en dicho plazo el autor no recibe respuesta de parte de Pampia Grupo Editor Argentino, debe considerar que su manuscrito no ha sido aceptado.
Pampia Grupo Editor Argentino no mantendrá comunicación alguna con los autores, salvo en caso de aceptación de sus manuscritos, que serán eliminados en caso de rechazo. 

sábado, 6 de febrero de 2016

“Los Mataperros”: el realismo sucio, pero “en serio” Por Luis Benítez




Una de las novedades que trajeron los ’70 a la narrativa latinoamericana fue la irrupción –y posterior notable difusión- del Dirty Realism, aquel movimiento literario estadounidense derivado del minimalismo y que tenía ilustres precedentes, como O. Henry (William Sydney Porter) y Jerome David Salinger, aunque alcanzó su fase canónica con John Fante, Charles Bukowski (Heinrich Karl Bukowski), Raymond Clevie Carver, Jr., Richard Ford o Tobias Jonathan Ansell Wolff, entre otros.
Desde el ingreso de esta poderosa corriente mucho de malo y mucho de bueno se sumó a ella en español o intentó hacerlo; a tantos años de aquel puntapié inicial vemos que el realismo sucio sigue gozando de buena salud y hasta se permite sus buenas vueltas de tuerca. Un adecuado ejemplo de esto último es la novela “Los Mataperros”, (ISBN 978-987-46078-1-2) del argentino Alejandro Frías, con la que Jagüel Editores (Sarmiento 1740 – Cód. Postal 5501, Godoy Cruz, Mendoza, Argentina, Teléfono: +54 261 5093367, e-mail: jagueleditoresdemendoza@gmail.com), de Mendoza, Argentina, acaba de inaugurar su colección “Arriba pasa el viento”.
La novela conjuga un sólido argumento y todos los recursos narrativos que permite la mesura característica del realismo sucio –amante de la sobriedad extrema, para que sea el contexto quien “narre”- con el ritmo y el tempo tan propios del relato cinematográfico; ello hace que “Los Mataperros” parezca una ventana impresa o una pantalla de cine encuadernada, que nos permite ver dentro y fuera de los personajes.
En un suburbio de la ciudad de Mendoza, con una acción que puede trasladarse fácilmente a cualquier otra área similar de Latinoamérica, una humilde familia sufre la tragedia de la pérdida del jefe de esta, Mariano Gómez, víctima de un accidente laboral. Sus hijos encontrarán una salida a la situación intentando vender drogas en la barriada y el menor, apodado El Verdura, será parte de una banda que, además, se dedica a matar perros. Los caminos de los incipientes delincuentes se cruzan con el del líder de una banda rival, el Mono Oviedo, lo que lleva paso a paso, con un suspenso hábilmente manejado por el autor, a un final sangriento e inevitable.
Es de destacar la capacidad de Alejandro Frías para introducirnos en el ecosistema marginal sin caer jamás en el mero panfleto social ni en la hipócrita  condena de personas que son llevadas a situaciones extremas por imperio de las circunstancias que, en definitiva, tienen nombre y apellido: el de aquellos que son sus responsables políticos, sociales y económicos. Antes bien, Frías se aplica a narrar, objetiva y pormenorizadamente, cuáles son las características y los límites de una de las formas del infierno contemporáneo.
Es de esperar que los realizadores cinematográficos tomen en cuenta estos detalles y podamos muy pronto ver la versión de esta novela en la pantalla grande, porque al igual que sucede con las obras de Bukowski, “Los Mataperros” nos lleva a aguardar su realización fílmica, como sucedió con “Storie di ordinaria follia” (dir. Marco Ferreri, 1981), “Love is a Dog from Hell” (de Dominique Deruddere, 1987) o “Factótum” (de Bent Hamer, 2005).
Alejandro Frías nació en Mendoza en mayo de 1969. Trabajó en la revista Diógenes y codirigió las publicaciones Gogol, Res, Serendipia y Poslodocosmo. Publicó Serie B (libro ganador del Certamen Vendimia de Cuentos, 2003) y Todos los chicos (2007), además de los cuentos individuales "El hijo de puta", "Doppelgánger", "Habitación 954", "El gol con la mano del Chueco Martino" y "Cuando mis papás discuten por las afeitadoras".

Así escribe Alejandro Frías:

Diez años tenía el Verdura (aunque aún no se lo conociera por ese apodo, preferiremos usar este a su verdadero nombre, tan ajeno a él mismo) cuando vio por primera vez un cadáver. Él solo había escuchado el llanto y los gritos de su madre, los insultos de Marcos, las preguntas insistentes de Miguel, y no alcanzaba a entender del todo lo que sucedía, porque era de madrugada, apenas si algún que otro rayo de sol se animaba a dar color y forma a las descoloridas y amorfas casas del barrio y ya el alboroto había colmado las paredes, ya estremecía los ladrillos y los revoques carcomidos de humedad y descascarados por los golpes. Alguien de la envasadora, seguramente algún segundón, había hecho sonar el timbre para despertar a Beatriz, a quien nosotros oiremos nombrar, la mayoría de las veces, como doña Bety, y ella despertó a Marcos, porque no se animaba a abrir la puerta a esa hora.
Fueron juntos hasta la ventana que daba a la calle y, asomándose apenas por entre la cortina, preguntaron quién era y qué quería a esa hora, o al menos eso hacían entender con dos o tres palabras.
El hombre de pie en la vereda se acercó al vidrio y preguntó por la familia Gómez y, tras confirmar que había llegado al lugar indicado y que no le quedaba más remedio que cumplir con su encargo, pidió hablar con la señora de Gómez, porque de él, de Mariano Gómez, su esposo, se trataba lo que debía comunicar. Después vinieron los gritos, los insultos, las preguntas insistentes. Recién entonces, y para instalarse por largo tiempo, apareció la desorientación del Verdura, porque fue el único que no alcanzó a comprender del todo el mensaje del chasqui.
Diez años, como ya se dijo, tenía el Verdura cuando vio por primera vez un cadáver humano, y justo vino a ser el de su padre, ajusticiado en nombre de la tecnología por una máquina que no quiso responder a sus órdenes.
Con el pecho hundido por el golpe que le quitó los suspiros, el padre parecía más delgado que la última vez que lo vio, la noche anterior, antes de que se fuera a trabajar. La palidez de Mariano Gómez se le antojó al Verdura como la de la goma de borrar que usaba en la escuela, y hasta quizás le causó gracia pensar que Gómez terminara pareciendo una goma, pero solo quizás le haya causado gracia, porque en ese momento no tenía mucha capacidad para discernir si lo que estaba viendo y sintiendo era cierto o si apenas se trataba de una sucesión de ilusiones que amenazaban perpetuarse.
Esa tarde, en el cementerio, por fin el Verdura dejó escapar algo parecido a un llanto por un muerto, y si bien lloraba, no lo hacía por su padre, que comenzaba a ocultarse de una vez y para siempre debajo de la tierra, sino por la madre, por doña Bety, quien, abrazada y sostenida en pie por su hermana, no parecía consolarse con la partida del marido hacia los brazos eternos de ese dios al que lo encomendaba a cada rato, acompañada por una parte del rebaño del pastor Joaquín, el mismo que, ya entrada la noche, en la misa vespertina, pediría frente a toda la grey por el descanso del señor Gómez, ya a la diestra de un dios muy parecido al de doña Bety pero con más diezmos en su haber.
El Verdura, en definitiva, no pudo entender muy bien lo del padre sino hasta que, pocos días después de cumplir los once, doña Bety dio unos aullidos similares a los de aquella mañana en la que el mensajero de la envasadora hizo sonar el timbre. Esta vez también hubo un sonido prolongado y agudo, un dialogo breve y los aullidos. Las corridas, el encargo a la vecina de al lado para que cuidara al más chico, porque ella se iba, así, mal vestida y llorando como estaba, al hospital con el Miguel, porque al Marcos lo llevaron en ambulancia junto con el Adolfo.


(fragmento, capítulo 2, Los Gómez)


Taller de cultura en el CCE (Centro Cultural Español)



Esta iniciativa del CCE, que se viene llevando a cabo desde el año 2010, es una propuesta que contribuye a enriquecer la vida de nuestra comunidad multicultural.  

El CCE ha diseñado un programa creativo, diferente para los adultos y / o adultos mayores que hablan español. Consiste en una serie de talleres interactivos, de dos horas de duración cada uno. En ellos se explora, de manera accesible a todos (con conocimientos previos o no) las expresiones humanas a través del tiempo, desde la prehistoria hasta nuestros días, en el Arte, Música, Filosofía y Ciencia.
El objetivo es proporcionar a los participantes una oportunidad atractiva de adquirir nuevos conocimientos, y descubrir que la ciencia, el arte, la música y la filosofía son temas interesantes y divertidos. Están utilizando una metodología diferente de la habitual, y sus resultados son altamente satisfactorios.
Se analizarán las pinturas famosas. Explorarán las artes, la música, la ciencia y la filosofía.

Para registrarse contactar  directamente a Rosa María Lerner

E-mail: rosamarylerner@yahoo.com
Celular: 786-260-7586


Sobre la Prof. Rosa María Lerner:  La Prof. Lerner ha sido profesora de la Universidad en su país, Argentina, especializada en la aplicación de diferentes disciplinas para la educación de adultos y adultos mayores. Tiene una amplia experiencia en los EE.UU. y Argentina en la enseñanza del Arte, Música y Gerontología. La Prof. Lerner creó y dirigió talleres de Artes Comparadas, Filosofía y Ciencia. Ha coordinado y ha conducido seminarios para profesionales en las áreas de cultura general, geriatría y Estudios de la Comunidad.