sábado, 9 de junio de 2018

Romina Funes: “El arte poético estriba en la búsqueda imposible de un decir” - Entrevista realizada por Rolando Revagliatti



Romina Funes nació el 29 de julio de 1981 en la Ciudad del General Don José de San Martín, provincia de Buenos Aires, República Argentina, y reside en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Junto a Luis O. Tedesco coordinó en 2013 y 2014 el Ciclo “Versolibre” en la Universidad Nacional de San Martín. Desde 2010 conduce el Ciclo “Letras & Música”. Poemas suyos han sido traducidos al portugués, rumano e inglés. Entre otros medios gráficos, sus colaboraciones se difundieron en las revistas “Locutorio” de Costa Rica, “Vatra Veche” de Rumania, “Luna Nueva” de Colombia, “La Soldadera” (Suplemento Cultural del periódico “El Sol de Zacatecas”) de México y “Beatrizos” de Argentina. Fue incluida en las antologías “Cómo decir” (selección de Patricia Bence Castilla, Editorial Ruinas Circulares, 2018) y “Puentes poéticos. Escritoras jóvenes de Argentina y España” (selección de Susana Szwarc, Ediciones de IMFC, 2018). Publicó los poemarios “Un modelo vivo” (Editorial Nueva Generación, 2012), “Todo el paisaje a la sombra” (Editorial Lamás Médula, 2015) y “Diez noches en el cuadrado” (Ediciones El Jardín de las Delicias, 2015).






         1 — Para nosotros, los de Buenos Aires, naciste en “San Martín”, como se ha popularizado la ciudad de tan extenso nombre, allí, en el conurbano bonaerense. Presentemos a la sanmartinense.

          RF — Presentemos. ¿Y cómo me presenté aquel 29 de julio?...: con dos vueltas de cordón umbilical alrededor del cuello. Me sacaron con fórceps luego de varias horas de trabajo de parto. Tardé en llorar, por lo que mi mamá pensó que estaba muerta. Con cierta frecuencia, incluso ahora, treinta y seis años después, suelo soñar que me ahogo y no puedo respirar, pero el sueño es negro y sin imágenes. Sólo sensaciones. Me despierto aterrada. Me intriga saber el alcance de lo onírico. Me pregunto si ese sueño repetitivo se origina en las circunstancias que te conté. ¿Cómo recuerda el cuerpo antes del lenguaje?
          Fui creciendo. Y en una casa con pocos libros. Pero me crucé con un primer poemario a los seis años, donde vivía mi abuelo paterno, a quien nunca aprecié. Allí había libros, y varios de poesía, por lo que ahora, muy a destiempo, tengo por él, al menos, un motivo genuino de estima. Aún recuerdo de memoria el poema XXV de “Cien sonetos de amor” de Pablo Neruda. Lo leí en la biblioteca de mi escuela primaria, y es uno de los pocos de Neruda que todavía me agradan. Si bien desde entonces sostuve de forma irregular un hábito de lectura y escritura, no fue sino hasta el nacimiento de mi primer hijo que reconocí en la poesía una parte esencial de mi identidad.

          2 — Quiénes te habrán orientado en tu búsqueda de conocimiento artístico.

          RF — En mi adolescencia me influenciaron primero Daniel Bazán Lazarte: me acercó a las posibilidades casi infinitas de lo lúdico, de la expresión corporal y el cuerpo en escena. Con él aprendí a sentir y reconocer lo que experimentaba, a apropiarme de ese sentir sin juzgarlo, y a defenderlo. El segundo maestro, magnífico artista plástico, fue Oscar Romero. En su taller aprendí a detenerme y observar; a ser paciente y perseverante, cualidades de las que carecía.
          Más adelante se sumó el poeta Alberto Boco: posibilitó mis primeras incursiones en la poesía, me acercó al oficio, me estimuló a concurrir a eventos literarios, amplió mi horizonte de lecturas. Dos conceptos suyos me marcaron: la seguridad en el fruto del trabajo poético y el compromiso con ese quehacer. Insistía: “La poesía es algo serio. Con ella no se jode”. Es de una selección de los poemas concebidos por entonces que surge “Un modelo vivo”, con prólogo de Boco y un texto en contratapa de Luis Benítez.




          3 — Coordinabas ya “Letras & Música”.

          RF — Ciclo de poesía, narración oral y música en vivo. Nacido de mi afán por propiciar el intercambio entre distintas generaciones de artistas. Fui incluyendo stand up político, ensayo sobre educación y tarot, aunque siempre con la poesía como eje central: Héctor Urruspuru, Marta Braier, Nicolás Antonioli, Griselda García, Juan Sasturain, Carolina Lesta, Luis Tedesco, Virginia Janza, José Emilio Tallarico, Ana Arzoumanian, Marcos Silber, Concepción Bertone, Alfredo Palacio, Susana Szwarc, Vicente Muleiro, Claudia Masin, Arturo Carrera, Laura Yasan, Guillermo Bianchi, Natalia Litvinova, Alfredo Luna, entre tantos otros.


Romina Funes con Rita Kratsman, Alberto Boco, Marta Braier, Luis Bacigalupo, 
Alfredo Palacio, 2018


          4 — Tu búsqueda de conocimiento artístico no ha cesado.

          RF — Nunca. En mi adolescencia también me formé, hasta cierto punto, en comedia inocente, clown, bufón, teatro del absurdo, con Martín Salazar. Y concurrí a talleres de cine: valoro especialmente un taller de cine italiano que se dictaba en un  espacio privado en el casco histórico de la ciudad: de allí nació mi amor por Federico Fellini; fotografía: cursos en el Museo Fotográfico Simik, sobre la calle Fraga, en el barrio de Chacarita; filosofía e historia del arte, con Sergio Prudencstein. Comencé las carreras de Artes Combinadas (en la Universidad de Buenos Aires) y la Licenciatura en Letras (en la Universidad Nacional de San Martín), y las abandoné, en ambas ocasiones, motivada por la maternidad. Actualmente estudio canto y danza jazz contemporánea.

          5 — Así que en 2015 aparecieron tus dos últimos poemarios.

          RF — Es así. “Todo el paisaje a la sombra” reúne una serie de poemas breves sin numerar, que también configuran un único y extenso poema. Remiten a sentimientos de fragmentariedad, ausencia, ahogo y abandono. “Pequeños universos poéticos” los denomina Concepción Bertone en su texto en contratapa.
          El texto en contratapa de “Diez noches en el cuadrado” es de Susana Szwarc. En él hay dos voces bien diferenciadas que sostienen un diálogo durante diez noches en un contexto de encierro. Fue escrito en diez días (o noches) y corregido a lo largo de dos años, con una revisión final de Luis Bacigalupo, escritor que vos has entrevistado y de quien te consta, en su condición de editor de El Jardín de las Delicias, el esmero que junto con Laura Dubrovsky denotan en los mínimos detalles de su colección de poesía.


          6 — ¿Y “El cuadrado”?...

          RF — Con ese título fue presentado, a sala llena, en la UNSAM, en noviembre de 2017, un espectáculo basado en mi tercer libro. Lo dirigió Roxana Bernaule —ella y yo somos las responsables de la adaptación— en el marco del teatro inclusivo, con una puesta en escena que invita al espectador a integrarse a un juego en el que se devela la disimulada naturaleza normativa de lo cotidiano. Así fue publicitado a través de Facebook: “Un tentempié para investigar cómo deglutir una pieza teatral: Planteado como un tablero de juegos, “El cuadrado” necesita de otros para poder existir. Una jugadora hará lo que el cuadrado demande. Dos fichas, “Él y Ella”, serán los que en un diálogo poético interpelen su dignidad y libertad resistiendo a cada noche. Una niña será la fragilidad del tiempo y la existencia dentro de este juego.” Te nombro a los actores: María Agostina Zóe Tamburro, Cristel Majoñka, Tobías Oliver Siccardi y Morena Pedernera. Y la música en vivo fue ejecutada por Gogui Tabárez y Juan Plus González Dasilva.
Advierto ahora, mientras te respondo, que mi obra se plasma atravesada (quizás) por esa primera experiencia de ahogo y encierro anterior al lenguaje, y por ende, a toda memoria consciente. Si recordamos sólo lo constituido a través del lenguaje, quisiera creer que el germen de mi poética yace más allá de toda palabra que haya aprendido, y me empuja, insistente e infructuosamente, a decir desde la imposibilidad, ese grito (otrora sofocado) que es mi cuerpo percibiéndose vivo.


       









7 — Asocio lo onírico y lo pesadillesco, Romina, con ese cuento del libro “Ficciones” de Jorge Luis Borges, que él describió como “una larga metáfora del insomnio”: “Funes, el memorioso”.

          RF — ¿Será que mi apellido fuerza la asociación? Ireneo Funes sabía la hora exacta, y yo no uso reloj. Además espero vivir unos cuantos años más que el personaje del cuento. También dormir mucho, aun bajo el riesgo de “distraerme del mundo” y continuar con pesadillas hasta el fin de mis días.

          8 — ¿Te interesás por las técnicas narrativas? ¿Juegan un papel en tu labor creativa?

          RF — Respecto de la poesía, escribo como pulsión, sin cuestionar ni corregir. Luego dejo descansar el texto un tiempo prudencial, y cuando ya ese tiempo acabó, vuelvo al texto y comienzo a quitar capas en busca de lo recluido, de lo que no se deja ver a simple vista. Y eso mismo trato de revelarlo en el poema pero no de forma explícita, sino sugiriendo, evadiendo, en una suerte de danza de rechazo y conquista con las palabras, algo completamente erótico. Es decir, no puedo pensar en técnicas narrativas o recursos poéticos, voy más que nada jugando con las sensaciones y el cuerpo.
          Distinto es cuando procuro escribir cuentos, o, justamente ahora, que me empeño en no abandonar la novela que escribo desde hace unos meses. La narrativa me fuerza a acudir a viejos apuntes, o descifrar recursos de novelistas que me agradan considerablemente, como Irène Némirovsky, Juan Rulfo o Roberto Bolaño.

          9 — ¿Qué etapas de tu vida más recordás? ¿Qué idealizás?

          RF — Recuerdo perfectamente mi primera infancia, casi a lo Ireneo Funes podría decirte, jajá. Mis padres, amorosos, laburantes. Con mi hermano Damián, con quien nos llevamos catorce meses, nos criamos como mellizos, andando en bici por el barrio, jugando en la calle hasta la noche, hasta que se escuchaba a lo lejos “A comeeer” y volvíamos corriendo. Exhaustos y hambrientos. A mi hermana le llevo seis años, y la relación fue distinta, pero algo hicimos bien porque de adultas nos adoramos. Mi adolescencia fue divertida, con un primer amor pasional y maravilloso. En términos académicos fue pobre: me tocó en suerte una mediocre escuela secundaria privada del conurbano. Ningún libro interesante se me ofreció allí, pero sí leía muchísimo en casa, comprando mis propios ejemplares, ya que trabajo desde los quince años. Nombro a cinco que me acompañan desde entonces: Julio Cortázar, Franz Kafka, Borges, Fiódor Dostoievski, Juan Gelman.         
          Idealizo la vejez: me veo con mi compañero en un lugar tranquilo, una casita autosustentable y una huerta. Muchxs amigxs de visita, lxs hijxs y nietxs apareciendo según propio deseo. Aire, flores, sol.

          10 — Me gustaría que te extendieras un poco respecto de dos de los talleres a los que concurriste: fotografía y cine.

          RF — Trabajé un par de años, desde su inauguración, en el ya nombrado Museo Fotográfico Simik. Efectuaba traducciones al inglés de textos históricos y manuales de cámaras fotográficas antiguas. Alejandro Simik, su fundador, me permitía asistir a cualquiera de los cursos que allí se dictaban. Composición, iluminación, uso de la cámara e historia de la fotografía. Todo me maravillaba. Estar allí era un viaje en el tiempo.
          Concurrí a cursos de historia del cine dictados en el Centro Cultural Rojas por Gisela Manusovich: desde los orígenes hasta el neorrealismo italiano, información que me sirvió entonces de complemento para las materias de cine que cursaba en la carrera de Artes Combinadas.

          11 — Gaston Bachelard: “...la poesía pone al lenguaje en estado de emergencia.” Lucas Soares: “La potencia del poema estriba, más que en lo dicho, en la promesa de su decir.” Antonio Aliberti: “...hacer poesía es decir toda la verdad...” ¿En qué medida te advertís más próxima de estos enunciados?

          RF — Me advierto próxima a Lucas Soares. El arte poético, desde mi perspectiva, estriba en esa búsqueda imposible de un decir, que es una pelea perdida de antemano, pero no por eso deja de ser promesa. “Decir toda la verdad”  posee una connotación religiosa, tanto confesional como incuestionable, cosa que encuentro antagónica al oficio poético.

          12 — ¿“Arrancar una sonrisa”, “Arriesgar la vida”, “Valer la pena”, “Robar un beso” o “Crear expectativas”?

          RF — Todas, excepto “robar un beso”. Yo no robo ni ruego.

          13 — En 2001, Leónidas Lamborghini en entrevista pública efectuada por Daniel Freidemberg, declaró que a veces lee ciertos poemas de él respecto de los cuales amigos suyos le habían dicho “mirá esto y esto”; es decir, lo que les produjo más viva atención, aquello en lo que se detuvieron; y que trataba de leer esos poemas con los ojos del otro, a ver qué le gustó, qué les llegó, con qué más se quedaron. ¿Procedés así a veces, leés así?

          RF — Tal vez, en lugar de leer con los ojos de los amigos, habría que leer con los de los enemigos, jajaja. Aunque entiendo a lo que te referís, y tiene razón el maestro Lamborghini. Procedo más o menos de esta manera: una vez que dejé descansar y corregí el poema, vuelvo a él lo más desnuda que pueda. Trato de ser lectora, como si lo hubiese escrito alguien que no conozco. Y si en ese momento no me produce ninguna emoción, si no roza ninguna parte de esa piel desnuda con la que leo, entonces lo descarto. No importa cuánto tiempo haya trabajado en el poema, no importa si lo mostré y lo halagaron, tampoco si al escribirlo partió de un lugar “íntimamente importante”.


          14 — ¿Silvina Ocampo, María Elena Walsh, Nira Etchenique o Amelia Biagioni?
          RF — Las cuatro. Pero de las cuatro: Amelia. Porque me obliga a leerla con “el ojo de un cazador que acecha”. Las cuatro. Pero de las cuatro: María Elena cantándome “Barco quieto” o “Serenata para la tierra de uno”. Las cuatro, pero Silvina con alguno de sus cuentos fantásticos. Las cuatro pero Nira y Amelia. Amelia y Nira. NIRA. NIRA. NIRA.


          15 — Mantuviste durante cierto lapso tu propio blog. ¿Sostenés, sostuviste vínculos con otros blogueros? ¿Qué blogs “seguís”?
          RF — Desearía tener más tiempo para actualizar mi blog. Y lamentablemente no tengo vínculos con otros blogueros. De todas maneras sigo a algunos: el de Coto [María del Carmen] Colombo: “El blog del amasijo”. También el de Valeria Cervero: “De lo que no aparece en las encuestas”; “Poetas siglo veintiuno”; o de literatura infantil: “anatarambana”.


          16 — “El capricho es lo que hay en el fondo de la naturaleza de un escritor, exploraciones, fijaciones, aislamiento, malignidad, fetichismo, austeridad, frivolidad, perplejidad, infantilismo, etcétera.”, manifiesta un personaje de la novela “Engaño” de Philip Roth. ¿Algo que acotar…?
          RF — Sí, todo eso. Y las infinitas posibilidades eróticas que encierra ese “etcétera” no me van a dejar dormir esta noche.


          17 — ¿Te has advertido una o más veces “actuando” o sobreactuando? ¿De a ratos no se sobreactúa cuando nos involucramos en determinadas situaciones? ¿Lamentás haber descubierto algún aspecto tuyo demasiado tarde?
          RF — Actuación y sobreactuación no son más que estrategias de supervivencia, y he echado mano a todas. Sin embargo, mi maestro Alberto Boco decía: “Cuchillo entre los dientes… y que se vengan”. Estimo que esa frase me representa mejor. Afortunadamente, ese mismo arte de la supervivencia me permitió conocer gran parte de los aspectos de mi persona a tiempo. Igual… cuchillo cerca.


          18 — ¿Cómo se fue manifestando tu interés sobre el tarot?
          RF — Tengo un amigo poeta llamado Mauricio Martínez Sasso, quien interpreta las cartas del tarot. Accedí una vez a consultarle (sólo porque es poeta) y el resultado me maravilló. Por esos tiempos yo releía “Una temporada en el infierno” de Arthur Rimbaud, y la idea del poeta como vidente me tentó a incluir el tarot en el ciclo. Viene funcionando muy bien.


          19 — ¿Coincidirías con el novelista Federico Jeanmaire en que “se aprende mucho más fácil de la literatura mala que de la buena” y que “lo malo es muy pedagógico”?
          RF — Absolutamente. Es importante reconocer en la escritura de otros qué aspectos de la literatura uno no abordaría, o con qué formas no se identifica. La mala literatura es un arma de doble filo: por un lado, uno aprende de los errores ajenos, pero a la vez lleva a sobreestimar la propia obra. Por fortuna, no se tarda en encontrar de lo otro (esta semana, por ejemplo: Marguerite Duras. ¡Córtenme los dedos, así no escribo más!!!!).


          20 — ¿Qué es, Romina, “lo que está por venir”?...
          RF — Podría contarte varios de mis proyectos: un nuevo poemario, un libro de tono humorístico en coautoría con una escritora que admiro enormemente, una novela y un canal de Youtube. Sin embargo, mi mayor motor siempre ha sido la incertidumbre. No saber. Aunque después salga corriendo en busca de tarot.

*
Romina Funes selecciona poemas de su autoría para acompañar esta entrevista:


PEQUEÑO AMOR

Tu dedo allí
no es tu dedo allí
no te creas

es el tajo del aire y su incisión inverosímil en la piedra
que se despierta
abre los párpados
y ve

descubre la cuestión intimista de su condición de piedra
el ojo trémulo de un gallo en el viso de su lomo
razón primera y última de su cacareo profético
la piedra queda piedra
brillante su lomo abierto

pero yo te miro y te digo que tu dedo allí
no es tu dedo allí
no te creas

es el trozo suelto de mi fruta
lima sigilosa que raspa
y enloquece

yo te miro y te digo
que así podés      podrías
que tu dedo allí no es tu dedo allí
sino la negación del mordisco
que de tanto recato       se priva del jugo.

                                    (de “Un modelo vivo”)
*

TROFEO

Tanteo el género
La inclinación de los escalones
La humedad en un techo sin lámpara

Me paro justo en la mitad
Allí donde búsqueda y encuentro colisionan
Donde subir y bajar cancelan su existencia confusa

Y en la pelea de sangre
A matar o morir
Te llevo a casa como un trofeo.

                                  (de “Un modelo vivo”)
*

RAÍZ


Una hoja de menta
silba el nombre que nos contiene

por encima de la mesa
dentro del cubo negro
la hoja    sorda todavía de piel    crece

somos la mitad de la visión      te digo
mientras palidecen y mueren
alrededor de la maceta
aquellos que no pudieron con nosotros

muerdo tus labios y muerdo la hoja:
debajo brilla      excesiva e inmune       la raíz.


                                          (de “Todo el paisaje a la sombra”)

*

DESIERTO


Hay un desierto
cáscara del río que ya no es

regresan allí las estaciones
suceden días a los más viejos
y como cualquier otro hecho menor
la gente concibe

a veces
una vertiente arrastra un poco de algo fresco
pero es tan sólo un efecto
como imaginar que bebemos
o tus manos       otra vez

estremecen la quietud y los buenos modos

nada me diferencia de la ceniza.


                                    (de “Todo el paisaje a la sombra”)

*
BRECHA


La parte visible
opaco ya el circuito
áspero
esa carne de sangre
viva      seca
esa carne sangre
brecha de mí

soy uno de esos animales
que despellejan vivos
para utilizar su piel

vos lucís el abrigo.


                                   (de “Todo el paisaje a la sombra”)







*
Entrevista realizada a través del correo electrónico: en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Romina Funes y Rolando Revagliatti, junio 2018.



domingo, 1 de abril de 2018

Eduardo Dalter: “Kenneth Patchen es uno de mis poetas preferidos” Entrevista realizada por Rolando Revagliatti


Eduardo Dalter nació el 6 de febrero de 1947 en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Es poeta, investigador cultural, difusor de la poesía latinoamericana. Colaboró en las revistas culturales “Crisis” de Buenos Aires, “Shantih Magazine” de Nueva York, “Casa de las Américas” de La Habana, “Revista Nacional de Cultura” de Caracas, “Alero” de la Universidad de Guatemala, entre otras. Durante los años de la última dictadura militar de su país vivió en el Oriente venezolano y en la ciudad de Maracaibo. Dio conferencias y participó de encuentros internacionales (por ejemplo, en el Ginsberg Tribute, en el Central Park, Nueva York, en la Feira do Livro, en Brasilia, y en el 25º Festival Internacional de Poesía de Medellín). En el lapso 1994-2002 dirigió la revista de poesía latinoamericana “Cuaderno Carmín”. Durante el bienio 2004-2005 diseñó y dictó los seminarios de poesía latinoamericana en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Algunos de sus poemarios: “Aviso de empleo”, 1971; “Las espinas del pescado”, 1973; “En las señales terrestres”, 1975; “En la medida de tus fuerzas”, Ediciones Cantaclaro, Maracaibo, 1982; “Versus” (1971-1984), incluye “Estos vientos”, 1984; “Silbos”, 1986; “Hojas de sábila, 1992; “Aguas vivas”, 1993; “Las costas del golfo”, Ediciones Mucuglifo, CONAC, Mérida, 1995 (el autor residió en Güiria, poblado costero venezolano, durante 1977 y 1978 y a esa experiencia corresponden los textos); “Mareas”, 1997; “N. Y. Postales para enviar a los amigos”, 1999; “Almendro de naufragio”, 2000; “Bocas baldías”, 2001; “Marcha de los desocupados”, 2002; “El mercado de la muerte”, 2004; “Macuro”, 2005; “Hojas de ruta” (1984-2004), 2005; “Canciones olvidadas”, Editorial Recovecos, Córdoba, Argentina, 2006; “7 poemas”, 2007; “Cuatro momentos”, 2009; “Dos cigarrillos para Eliot”, 2015. Y en soporte digital: 18 poemas”, 2015, y “21 poemas – La hora de los zorros”, 2016. En prosa (estudios, antologías): “El periódico Alberdi y sus poetas”, 2000; “Historias, personajes y leyendas de Villa Luzuriaga”, 2011; “Harlem: los blues de la historia” (Un siglo de poesía), Editorial Leviatán, 2014; “Viento Caribe” (Poesía de Guadalupe, Guayana, Martinica y Haití; selección e investigación en coautoría con María Renata Segura), Editorial Leviatán, 2014.




          1 — ¿Nos proporcionarías una semblanza de tu niñez? ¿Y cómo recordás tu adolescencia y tus lecturas y preferencias de entonces?

          ED — No puedo saber si mi mirada de hoy, si mi registro actual, tendrán alguna cercanía con lo vivido aquellos años y con su gente. Pasó tanto tiempo, tanto humo, pasaron tantas luces y sombras, que hoy más bien todo me parece una leyenda que leí en alguna revista o algo así. Recuerdo sí que estaba algo preocupado; el mundo de los mayores me inquietaba. Había días en que mis preguntas crecían como árboles o como enredaderas. Los argumentos y lo contradictorio de los hechos no me brindaban mucha garantía, a pesar de la buena voluntad y generosidad de la gente mayor que me quería y me cuidaba. Lo que fue creciendo sobre terreno firme es el diálogo con mi madre, que fue lo más cierto que conocí durante esos años, que, como te dije, hoy se me presentan como secuencias entrecortadas de leyendas. En cuanto a la segunda parte de tu pregunta, yo en mi adolescencia no leía y detestaba la lectura. Es que en la experiencia vivida en la escuela primaria y en la secundaria, la literatura y la poesía se sufrían como momentos de tortura; como para que a nadie se le ocurra en el futuro leer libros. Nos hacían estudiar, recuerdo, versos berretas y almidonados de memoria para todo el fin de semana. Y en la secundaria, nos tuvieron encerrados en la narrativa del asturiano Palacio Valdés, que no había quien no saliera con la cabeza acalambrada. Yo descubrí la poesía, la literatura, la filosofía, ya algo grande, a los 19 años. Y entonces, al advertir la profundidad, la humanidad, de todas esas páginas, entendí también el carácter represivo y restrictivo de la educación primaria y secundaria. Así, de joven yo no escribía; iba a Bellas Artes, como búsqueda de expresión y de libertad, prestaba atención a los maestros, y pintaba… Y además viajaba mucho.



          2 — El poeta veinteañero de “Aviso de empleo”, ¿a qué se asomaba con su poética?, ¿qué vislumbraba? ¿A quiénes fuiste conociendo? ¿Habías ya publicado en diarios y revistas, o comenzó a suceder después de la aparición de tu poemario inicial?

          ED — Antes de publicar mi cuaderno de poemas “Aviso de empleo”, que fue unos años después de haber abandonado los pinceles y los blocks de dibujo como ejercicio diario, yo difundía mis poemas en el periódico “Lar”, de Crespo (provincia de Entre Ríos), y en el periódico “Alberdi”, de Vedia (provincia de Buenos Aires). A mí me sorprendía por esos años la poca seriedad, la poca inteligencia, con que se administraba el mundo; un mundo, que ante mis ojos, se me figuraba medio ciego y medio loco. Yo tenía muy presente ese fragmento del poeta Kenneth Patchen, que dice: “de vosotros es la salud del cerdo que devora las raíces de la parra que lo alimenta…”, poeta que además estaba entre mis preferidos, y hoy también lo está. A mí me dolía mucho que las autoridades y el poder mismo fueran tan obtusos en la relación con los jóvenes. Había, todos recordarán, discursos de ministros y de gobernadores, realmente, al día de hoy, profundamente impresentables. Yo crecí en esa década previa al terrorismo de Estado, que por esos años ya existía aunque sólo mayormente en su instancia verbal. Todo eso me producía una gran tensión, que inclusive, pienso hoy, me estremecía y bloqueaba en mis estudios y en mis observaciones. Quienes me aportaron mucho por entonces, en ese desmalezamiento necesario para poder ver el bosque, fueron Jean-Paul Sartre y Federico Engels, además de otras lecturas de Hegel y de escritos varios acerca de la realidad política y cultural latinoamericana. Yo sentía que el drama del hombre no sólo era político, sino profundamente cultural, y ahí sí me encontré con un verdadero paredón. Había algunos jóvenes militantes, y no tan jóvenes, que me decían: “Dejá de leer a Hegel; esas son veleidades burguesas”, o cosas por el estilo. Pero como yo de burgués nunca tuve nada, ni por ascendencia ni por barrio, seguía con mis lecturas, aunque con esa espinita odiosa que siempre deja todo desentendimiento o toda brecha. En cuanto a la política y a la historia nacional, yo me encontraba muy cómodo leyendo a Scalabrini Ortiz. También me encontraba bien leyendo al chileno Pablo de Rokha y al mexicano Efraín Huerta. A César Vallejo lo descubrí después, y luego de varias lecturas. Habrán pasado unos dos o tres años cuando comencé a cartearme con unos pocos poetas de Nueva York y de San Francisco, sobre todo con Lawrence Ferlinghetti, quien me enviaba sus paquetes con libros, e inclusive algunos de mis poemas traducidos y publicados en revistas. Es en ese tiempo también en que con Jorge Isaías y los poetas de la revista “La Cachimba”, de Rosario, comenzamos una relación muy entusiasta y fructífera. Ellos estaban siempre pendientes, siempre motivados, y además eran aplicados y apasionados lectores. Habría más, seguramente mucho más, pero como respuesta a tu pregunta, lo más importante estaba, o está, en estos términos. Leía y estudiaba mucho, y, por cierto, rompía muchas cuartillas de poemas que no había conseguido terminar de escribir.


          3 — “Las espinas del pescado” y “En las señales terrestres” también se editaron durante los primeros años de los setenta. Recién en el ‘82 aparecería “En la medida de tus fuerzas”. ¿Cómo transitaste aquel período?

          ED Fueron años mayores, por decirlo de alguna forma, y que, como grandes oleajes, me estremecían los huesos y arremolinaban. Había mucho frenesí por esos años; mucho idealismo; abnegación; y una pizca siempre presente y cruzada de locura. Mucha soledad también en cada uno. Hoy siento que estaba cociéndose un plato, en el mejor de los casos, de muy dificultosa digestión; siento que la historia requiere de calma y de un pulso bien probado. El ímpetu es el primer plato que la historia se devora. Mirando en proyección el momento, siento que se hizo trizas una historia que ya estaba en cauce desde el fusilamiento de Dorrego; una historia que habría de coronarse de laureles en ese genocidio llamado “conquista del desierto”, que nunca se revisó y que inclusive se enseñaba a la ligera en las escuelas. Además, si comparamos unas y otras páginas, vamos a poder observar la profunda familiaridad entre los generales ascendidos de esa “conquista” y los generales hoy presos del “proceso”. Un país había cambiado entre una acción y otra, entre una barbaridad y otra, que a los generales evidentemente sorprendió. Hubo una historia, aún no revisada de modo adecuado, que fue indecorosa. Por estos años, por dar un solo ejemplo, sería imposible estudiar en el aula los discursos de Julio A. Roca; y viniendo un poco más acá, los discursos de los presidentes Juárez Celman y Manuel Quintana, por dar sólo dos nombres. La caída del “proceso” significó también la caída de una forma histórica de hacer política y de administrar el país en la Argentina. Haber vivido esos años y poder después contarlo, es un lujo de la sangre, que es un lujo del dolor y la memoria. Pero ahora el atroz libreto marketinero está desencajando todo; y esto lo digo naturalmente desde la perspectiva de la necesidad de un país maduro, entendible (para nosotros, quiero decir) y soberano, sin implosiones diarias de exclusión y de miseria. Hay que aprender, siento, de las quebraduras, para pensar y equilibrar un poco en serio. Pero retornando a tu pregunta: el lapso al que te referís pasó, hora a hora, por esa historia, que me tuvo siete años pensando mucho y escribiendo poco, mientras iba digiriendo la barbarie, que me sorprendía cada día. Hasta que entre 1981 y 1982 escribí en Maracaibo un librito de treinta y cinco poemas breves, donde más o menos trataba de afirmar algunos lugarcitos sobre los cuales poder pararme, respirar y caminar.


          4 — Ya de vuelta en nuestro país después de tu exilio en Venezuela apareció “Versus”, volumen que se conforma con una selección de tu trabajo poético hasta entonces publicado, más “Cuaderno flor” (1982-1983) y “Estos vientos” (1984). Y a fines de 1983 recibiste el Premio Ko’eyú Latinoamericano, en poesía. Sería interesante que nos des un pantallazo del quehacer de los poetas de aquella Venezuela, y con quiénes creaste lazos.

          ED — Fueron años para mí muy intensos, de descubrimientos diarios; otra cultura, otros rostros, otros paisajes. El Caribe poco tiene que ver con los aires del Río de la Plata. También fue un tiempo de aprendizajes, en primer lugar de la lengua. Tanto Venezuela como la Argentina son países, lo sabemos, que hablan español, pero en el uso diario son españoles diferentes. Además, en los pequeños pueblos venezolanos circulan corrientemente muchos términos del español antiguo, que yo en un primer momento creí que eran expresiones propias de esos lugares. En un principio viví en una aldea costera de cultivadores de piña y de cacao y de pescadores, frente a Trinidad y Tobago, islas donde los lugareños iban a menudo en pequeñas embarcaciones. Una zona determinada culturalmente por el calipso y por ritmos y costumbres que obran como una suerte de religión. Así, el baile es una cuestión de todos los días, y a veces de cada momento. Por ahí, el que no baila no vive del todo. Para mí todo eso, esos aires, fueron una especie de tsunami cultural que me envolvió y me arrojó a alguna parte. Un vendaval poético de primera y segunda agua. No hacía falta leer poemas, porque la poesía estaba ahí en estado de ebullición. De más está decir que durante ese año y medio no escribí ni un solo verso. Por las noches, recuerdo, escuchaba el mar mientras cenaba en el patio de la casa donde vivía, y en la madrugada lo escuchaba resoplar o bramar desde la cama. Como literatura, en el pequeño puerto, escuché muchas historias de la mar y de los marinos, que las iban diciendo en ronda, entre ron y ron y entre cigarro y cigarro. Existe en el aire de los pobladores del golfo, muy arraigada, una literatura oral por demás apasionante. Yo antes de arribar a Venezuela escribía, a través de envíos constantes desde Buenos Aires, en varias publicaciones caraqueñas. Pero durante el lapso que anduve por el golfo, nada envié, excepto saludos y buenas noticias. Pero además de eso, de esa nueva vida, sabía bien lo que seguía sucediendo en la Argentina, porque sabía muy bien de la Argentina de comienzos de 1977 que yo había dejado. Fue extremadamente duro ese contraste, sobre todo porque había partido con todo el deseo de regresar apenas se pudiera. Fue un año y medio, como te dije, en Güiria, en el caliente golfo, tan lejano, inclusive de Caracas, que bulle en toda la gente otra dimensión de tiempo. Ahí no existían las bocinas, los televisores ni las ventanas de vidrio, y, además, en la única librería de la aldea, la gente compraba el diario de acuerdo a las noticias que traía, nada importaba de qué día fuera la edición. Había en exhibición periódicos de todo el mes e inclusive de meses anteriores. “Lo que uno bebe, lo que uno vive, es lo que vale”, escuché decir más de una vez. Y a mediados de 1978 partí para Maracaibo, una ciudad grande, acaso más populosa que Rosario, y lejanos quedaron aquellos días, donde más de una vez vi cómo las iguanas cruzaban la calle. En esa zona de Venezuela, que todos llaman Oriente, conocí la poesía de un poeta de notable porte, Eduardo Sifontes, que había fallecido unos pocos años antes de mi llegada; él era natural de una pequeña ciudad vecina de Puerto La Cruz. En Maracaibo surgió otra vida, como la que se hace en toda ciudad; aunque Maracaibo es una urbe muy singular y, seguramente por sus extremos calores, siempre febril. En cuanto a poesía, Maracaibo tiene una historia interesante, con vibrantes poetas y destacados críticos. Por esos días leí un poemario local muy fervoroso y abierto, “Date por muerto que sois un hombre perdido”, de Blas Peroso Naveda, de quien a los pocos meses me hice muy amigo. Un poeta que hoy es parte tangible de la historia poética y cultural de esa ciudad. En esos años, principio de los ‘80, entre mis lecturas de los discursos de Simón Bolívar, y de las noticias duras provenientes de nuestro país, cayeron a mis manos dos poemarios, “Costumbre de sequía” y “Resolana”, del caroreño Luis Alberto Crespo, de profunda vivencialidad, que hasta el día de hoy acostumbro releer. Además de todo eso, mi soledad, que en todo momento me acompañó, inclusive en los momentos de mayor alegría, siento que, entre todas estas palabras, es algo para subrayar.


          5 — ¿Cómo fue resultando tu reinserción en nuestras latitudes? ¿Cómo comenzaste a organizar lecturas de poetas, siempre atento a los hacedores de las provincias? Sos alguien que destaca entre los que saben leer en público su propia poesía. Compartamos tus reflexiones sobre los que logran una marca de oralidad en sus lecturas.

          ED — Ahí sí, la cuestión fue más dura todavía. Creo que tardé dos años en aclimatarme al Buenos Aires post dictadura. Mi desolación se podía tocar, o pesar en una balanza, más o menos. Me estremecía esa Argentina de 1984, donde cada día aparecía un cementerio clandestino diferente, para la sorpresa o aparente sorpresa de todos. Y me sorprendía lo que hablaba la gente, inclusive sus niveles de inocencia política y sus delirios optimistas. Esa Argentina, quiero decir, donde también iba teniendo autopista esa aplastante teoría de los dos demonios. Y es así que en 1985 comienzo a escribir, con esos tonos y esa infinidad de preguntas y de soledades, los poemas de mi libro “Silbos”, que concluyo hacia mediados del año siguiente, acaso en sus trasfondos con algunas leves cadencias tangueras, que me inspiraba el barrio en que por entonces vivía, hacia el fondo de la Avenida La Plata y en cercanía de la Avenida Cruz, en Pompeya, y donde existía el hueco tangible de tantos jóvenes vecinos desaparecidos. Lo de las lecturas con público, a las que te referís, fue a partir de la década siguiente, e implicaron más de una decena de encuentros, casi todos en la sala de la mutual de los artistas plásticos. Pero desde siempre me atrajeron las obras de los poetas de algunas provincias, comenzando por Santa Fe, que incluye naturalmente a Rosario, por irradiar una vitalidad y una diversidad enriquecedoras, también para Buenos Aires, que obra a menudo como la gran urbe proveedora y administradora, algunas veces de modo ligero y otras de modo forzado. La poesía del país, y en su gran amplitud, siempre entendí, es una y se vive y escribe en todas las provincias. De cualquier forma, todas establecen y afirman un círculo, dentro de un círculo aún mayor, que es la poesía de todo el continente, con su Neruda y su Vallejo, y hasta estos años, donde podemos recordar y releer los versos maravillosos del cubano Fayad Jamís, de la jamaiquina Lorna Goodison, y del limeño Antonio Cisneros, entre otros. Acerca de las lecturas en público, o de las lecturas a solas, supongamos, y regresando a lo que habíamos comenzado a decir, ahí es oportuno tocar la médula de la cuestión, que es vérselas con esos silencios interiores, esos espacios, esas soledades, mientras vamos respirando y rezumando, con todo lo que de composición musical pueda tener y con todo lo que de ritual mayor pueda sustentar. En esos silabeos, ya en lo muy personal, siempre pretendo llegar a ese momento, a ese punto original de creación…


          6 — ¿Y “Cuaderno Carmín”?

          ED — Fueron ocho años de poesía, de aventuras y de intercambios, que se fueron volcando en 18 ediciones. La libertad presidió cada una de sus apariciones, el amor, la poesía de siempre y los encuentros, desde 1994 hasta 2002, en un momento en que el burdo neoliberalismo hacía sus estragos, sobre todo en la Argentina. Muy importantes poetas del país y del continente se fueron acercando para saludar sus páginas: Raquel Jodorowsky, desde Lima; Víctor Casaus, desde La Habana; Allen Ginsberg, desde Nueva York; Lubio Cardozo y tantos otros, desde Mérida; Joanyr de Oliveira y Ronaldo Cagiano, desde Brasilia; Beatriz Vallejos, desde Santa Fe; Jorge Isaías, desde Rosario, quienes fueron colaborando en varias apariciones, que estuvieron a disposición de los lectores en más de veinte librerías y en numerosas bibliotecas de todo el continente. Ah, y casi olvido: los poetas del Harlem, con sus poemas memorables y su historia, se hicieron presentes en sus páginas, desde el recordado Langston Hughes hasta Amiri Baraka. A propósito, yo escribí un ensayito que incluyó la revista “Juglaría”, de Rosario, en su número 13, del año 2006, donde trato de espigar los momentos diversos y las constantes de esa experiencia.



          7 — En 2000 homenajeaste a través de tu artículo “El periódico Alberdi y sus poetas” (y en 2001 en el Café de las Madres “Osvaldo Bayer”), al, para muchos de nosotros, inolvidable periódico “Alberdi” de Vedia, provincia de Buenos Aires, con su sección “Versos que hablan”.

          ED — El periódico “Alberdi” en sus 53 años de vida fue todo un lujo basado en la búsqueda de la verdad, en el periodismo en serio, en la responsabilidad y en el esfuerzo de cada día. Sus editoriales tuvieron siempre una firmeza y una nobleza (palabra ciertamente algo pasada de moda, parece), que llamaban a pensar y que emocionaban. Uno no puede más que comparar esa experiencia con la prensa masiva y lamentable de hoy, y se encuentra con dos mundos opuestos o lejanos. El quehacer intensivo de este periódico lo llevó a circular desde la pequeña localidad cerealera de Vedia a todo el país, sobre todo en las grandes urbes, como Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Tucumán, aunque también tuvo importante llegada en Río Cuarto y en Junín, entre otras localidades. Durante los años de la llamada Revolución Libertadora circuló clandestinamente y se imprimía en el depósito de una chacra, campo adentro. Para no pocos jóvenes de los años ‘70 fue una especie de maná que nos aportaba información y además la difusión de nuestros poemas hacia todo el país. Sólo a su director Joaquín Alvarez se le pudo ocurrir dedicarle en cada entrega una página a toda poesía, que se titulaba “Versos que hablan”, y donde se podían leer inéditos de Raúl González Tuñón, de Ariel Canzani, de Julio Huasi, y de los poetas desaparecidos Roberto Santoro y Dardo Dorronzoro, así como también de jóvenes poetas como Carlos Penelas, Amaro Nay, Hugo Diz, Clara Franco, Jorge Isaías y de quien habla, entre otros nombres que se iban renovando cada semana. Joaquín siempre repetía, como buen cronista que era: “A las cosas hay que decirlas; si no para qué sacamos el diario”. Yo recuerdo bien esa fiesta de los 50 años, que tuvo lugar en Vedia en 1974; por cierto, un festejo lleno de poetas, de chacareros, de militantes locales y de cronistas de campo; ahí estaban Susana Esther Soba, Carlos Patiño y José Antonio Cedrón, entre otros poetas y colaboradores. Menos de dos años después, bueno, llegó el terror, con Joaquín y su hijo presos de resultas, y con el periódico cerrado por el Ejército, ya en la primera semana del Proceso. Ese fue para mí un ejemplo tempranero y único; porque no hubo más “diarios Alberdi” en los caminos y en los años…


          8 — En Villa Luzuriaga, a donde has regresado, viviste durante tu niñez y tu juventud. Te invito a que te refieras a tu libro “Historias, personajes y leyendas de Villa Luzuriaga”.

          ED — Las ideas de hacer o armar el libro surgieron después de haber escrito una media docena de notas acerca de la historia de la localidad para el periódico “El Nuevo Día”. Yo llegué a la Villa cuando era un niño de 8 años y recién se estaban loteando las primeras grandes quintas y los primeros viveros. Los antiguos pobladores sabían poner alambradas, conducir un carro o montar un alazán sin problemas. No existía, claro, esta Villa de pubs y de modelos de alta gama. Pero esta Villa, acaso algo ligera por momentos, no cayó de la nada ni salió de un recurso virtual. Hay una historia de trabajo en el medio, con humildes vecinos esforzados en la lucha por el pan, ya desde los remotos tiempos de Juan de Garay y de los primeros cultivos trigueros. Se trata, en fin, de una historia, que yo fui siguiendo paso a paso, desde su Luzuriaga Park, con su viejo ring y sus nocauts repentinos, hasta los esperados asfaltos en cada una de sus calles, en los años ‘60 y ‘70. Y ahí está el libro, lo viste, con un gorrión a punto de volar en la tapa…


          9 — En www.eduardodalter.com se te ve en una fotografía, hace una punta de años, en Lima, con la poeta chilena Raquel Jodorowsky, fallecida en 2011. ¿Tu impresión sobre ella y su poética?

          ED — Es muy propicio recordar en esta entrevista a Raquel, una poeta tan de verdad y tan de todo el continente. No fue una escritora de poemas, no fue una literata ni nada que se le parezca. En un momento, allá por la década del ‘60, solía ser figura en los encuentros internacionales junto a Ginsberg, Cardenal, o al ruso Evtushenko. Fue musa inspiradora de los bardos Nadaístas y brújula poética del “sexo sentido”, como expresó el poeta colombiano Jotamario. A menudo ella recordaba que en Chile no la consideraron nunca chilena, y que los peruanos la veían como “una estimada extranjera”. Yo estuve una semana en su casa de la calle Guisse, en Lima, hace como unos veinte años, también recorriendo con ella la ciudad y visitando lugares y cafés. Ahí me mostró la vieja máquina de escribir que había pertenecido a Gonzalo Arango, y que conservaba como una valiosa reliquia, entre cartas, ediciones y discos. Recuerdo que Ginsberg en su correspondencia me enviaba saludos afectuosos para ella, y ella a la vez guardaba con celo su par de fotos con Ginsberg en medio de un paisaje boscoso hacia las afueras de Lima. Tengo media docena de sus libros, “Caramelo de sal”, entre otros, que cada tanto releo, además de sus inéditos en “Carmín”, que por cierto fueron muy celebrados.




          10 — Entre el 3 de mayo y el 20 de junio de 2004 estuviste abocado a concebir los 43 escritos breves que titulaste “El mercado de la muerte” y que dedicaste “A los niños mártires de Irak y al Secretariado de la UNESCO, por una cultura de la vida”. En el mismo año, la revista “Casa de las Américas” los da a conocer y, ya localmente, se socializaron a través de tu sello Ediciones Cuaderno Carmín.

          ED — Estaba indignado, consternado, con esa invasión y destrucción que llevó adelante el presidente Bush a través de sus “valerosos” marines, bajo el pretexto de salvar a los EE.UU. y al “mundo libre” de las “armas de destrucción masiva” con que contaba el “temido dictador” Sadam, y en lo que fue un asesinato masivo de civiles, incluyendo ancianos y niños, sin piedad alguna, y una pulverización vasta de todo lo que se pudo. Una invasión, que nunca fue una guerra, sino por el contrario un asalto sanguinario movido por la necesidad febril del petróleo. Un mes y medio estuve dedicado casi exclusivamente a la escritura de esos “43 escritos breves”, que publicó y tan bien difundió Casa de las Américas. Hasta varios secretarios de la UNESCO y agregados me hicieron llegar su saludo, además de algunos críticos y poetas del continente. Recuerdo que envié vía e-mail el poemario, o epigramario, y a los dos días escasos ya me estaban avisando desde La Habana de la pronta publicación de la obra. Un puñado de páginas dedicadas a un crimen bestial y ya enunciador de los atajos y pasajes de este siglo XXI, que parece no viene nada racional ni nada contemplativo…


          11 — En 2013, a los pocos días de tu primer viaje a Europa, donde habías ofrecido charlas y lecturas en escuelas y centros culturales de Italia e Inglaterra, me escribiste: “Fue un viaje que me dejó sonando la cabeza. Y traje además muchos poemas para ir traduciendo.” Bueno, ¿por qué te dejó sonando la cabeza? ¿Y en tus siguientes viajes?

          ED — Como instancia básica, pude observar gestos tranquilos y miradas serenas, tanto en los bares, en las universidades como en los trenes. La vida en Roma o en Londres transcurre en la gente, pareciera, sin mayores sobresaltos, a partir seguramente de modos y estructuras sociales que tornan la vida más previsible, y esa experiencia de base es sorprendente, sobre todo para quien vive bajo otros aires o ya aclimatado a los sacudones y a los estremecimientos. A partir de ahí, todo parece ser diferente, inclusive a la hora de aguardar el metro a la hora pico en la estación terminal, o a la hora de compartir un café con amigos o colegas. Por otra parte, en los ámbitos educativos y universitarios existe una aplicación mayor, tanto en docentes como en estudiantes. Ahí nadie está fuera de lugar, sino por el contrario ahondando en nuevos motivos y en conocimientos. En las casas de estudio gobierna una especie de fundamentalismo abierto hacia el estudio, que me parece tan ejemplar como motivador. A la vez, en Sicilia, ya no en Londres, los jubilados llevan una vida sin lujos y tranquila, hasta diría jovial, que da sana envidia. Hay un capitalismo, sí, pero más “civilizado”, o más limitado, o no tan barato y bestial, como en la Argentina y en América Latina, donde el tema es la alimentación básica y la pobreza extrema, inclusive en millones de niños. Y la consiguiente contraparte: entre los legisladores y altos funcionarios de gobierno, tanto en Roma como en Londres, o en Sicilia, no hay tantos millonarios como por aquí, o como en Brasil o Colombia, sino más bien gente con un buen vivir a secas o acotado. Es que la delincuencia offshore o de guante blanco ha hecho carne profundamente, y con el mayor descaro, en este continente aquejado y fabelizado para agravio e inseguridad de todos.
        Compartir con poetas sicilianos, y en Londres y en Canterbury con poetas de habla inglesa, fue una experiencia enriquecedora. Pude ahí descubrir una poesía que desde hace más de medio siglo viene teniendo una importante irradiación en los países y territorios de habla inglesa, que es la que se escribe y difunde desde las islas del Caribe, como Jamaica, Barbados, Santa Lucía y Trinidad y Tobago; algo ciertamente de excepción, con un premio Nobel inclusive. Además, los documentos críticos gestados desde esas islas son para tener muy en cuenta, tanto en lo cultural como en lo poético. Pliegos firmes de la poesía del continente, no tan difundidos, y que hacen a su diversidad y vitalidad. Por otra parte, la poesía italiana de las generaciones surgidas en la última posguerra muestra un cuadro intensamente dramático, con voces como talladas en piedra, que uno no puede más que leerla a la sombra de estos tiempos que no se anuncian muy propicios que digamos para la vida y el hombre…
The Globe Theater - Lecturas y recitales en
el 450 aniversario del natalicio de Shakespeare


Dalter con su traductora Giovanna Capello-Lectura poetica en Sicilia - Italia



 12 — Marguerite Durás se preguntó en una ocasión: “¿Se puede ser escritor sin chocar con contradicciones?” ¿Se puede, Eduardo, ser escritor sin chocar con contradicciones?

          ED — Tu pregunta me hizo recordar la visita de Raúl Gustavo Aguirre a Venezuela, hecho que solían memorar algunos poetas de ese país hace algunos años, sobre todo su frase, de notable llegada por esos lares, que dice: “No somos escritores, somos poetas, y no por lo que escribimos sino por lo que llevamos en el corazón”. Puede parecer una frase algo romántica, o un tanto idealista, más en estos tiempos crudos, pero que muchos poetas, sobre todo del área del Caribe, hicieron suya, porque bajo esos soles la poesía se suele vivir de esa manera; la poesía como canto, como irradiación, más que como una instancia escritural; la poesía también como un canto del ser, de los cuerpos, con una fuerte dosis de libido proyectada hacia los aires. Yo también hice mía esa frase, no tanto ahora, ya que en alguna medida me siento también escritor, con numerosos artículos, algunos ensayos e investigaciones, que publiqué estos más recientes lustros. Pero yendo al tema de las contradicciones a partir de una frase de Marguerite Durás, siento que al reloj hay que ponerlo siempre en hora; cada día hay que manipular el dial para ir reconociendo cada sintonía, y cada día hay que armar de acuerdo con uno mismo el rompecabezas de la vida de cada día; tarea que es el hígado mismo del quehacer de cada jornada, donde hay que ir laborando en esa suerte de alquimia mundana para enfrentarse a los fríos, a los humos o a los vientos; además, en medio de ese paisaje hogareño o no, qué hacer con el sol, qué hacer con los pies, y qué hacer con los caminos y con el horizonte, que aún no alcanzan a divisarse. Marguerite también hablaba de chocar, y ahí, bueno, ante el anuncio de esa inminencia, cada uno sabrá bien lo que hace… Pero sobre todo, y tratando de tomar la pregunta por las astas: ¿se puede ser un hombre sin chocar con las contradicciones?

 
        
 13 — ¿Ofrecer el pecho a las balas, quedar en buenos términos, imponer un sello o allanar el camino?
          ED — Cada una de las cuatro posibilidades pueden ser fundamentales; depende del tiempo y de la hora, y depende también de lo que uno desee y no desee en cada caso y de la esquina en que uno esté parado. En el ajedrez diario y en los amores, por otra parte, puede arribarse con facilidad a ese punto, donde hay que decidir, si es que ya no estaba decidido. Siempre, claro, en lo posible y hasta en lo imposible, no abusar del prójimo...


          14 — ¿Como cuánto te interesa el arte que tiende a la provocación? ¿Quiénes, con esta propensión, más te atraen o resultan particularmente significativos?

          ED — En los esbozos previos nunca vi el arte, la poesía, como una provocación, aunque después terminen provocando o no; siento el arte, la poesía, como una instancia humana indeclinable; piénsese que en todas las culturas el hombre buscó y encontró los caminos al agua, los caminos al fuego y los caminos al conocimiento y la poesía. En mí se da, de base, como una búsqueda de equilibrio y de corporizar algo que falta; y bien, si en esa búsqueda algo se provoca, y de hecho se provoca, es todo un resultado más que un deseo. Por lo demás, en ese intento de equilibrio, o ya de diálogo mayor, y en este mundo tan deshumanizado y tan mercantilizado, o que se dirige hacia su propio abismo, es diría natural que la poesía y el arte se abran paso; es el hombre que se abre paso; es la vida misma que necesita manifestarse en su búsqueda de ser y de seguir siendo. Y esa búsqueda de equilibrio, esa necesaria manifestación de humanidad, las advertí en todos los grandes poetas de estos tiempos, desde Ginsberg hasta Alejandra Pizarnik, o desde Ernesto Cardenal hasta Girondo…


          15 — Durante los años de tu formación, ¿qué tipo de cuento te atraía más? ¿El norteamericano, el francés, el ruso… o de autores latinoamericanos? ¿Y en la actualidad?

          ED — Durante los años de mi formación, que se prolonga hasta estos días, creo, y quizá hasta con parecido entusiasmo, debo decirte que a la hora de leer un cuento siempre tuve a mano un poema (Ungaretti, Eliot, Vallejo…) o un ensayo que se apropiaban de ese lugar y de mi tiempo; y también siempre tuve a mano alguna pintura de Modigliani o de Cézanne o de Monet en las cuales iba volcando mi creatividad pasiva. No obstante, al cabo de los años terminé leyendo muchos cuentos, algunos que hicieron mis delicias y se ganaron mi recuerdo, como por ejemplo no pocos de Alejo Carpentier de “Guerra del tiempo” y de otros libros maravillosos, o de “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada”, de Gabriel García Márquez, que leí hacia comienzos de la década del ‘70 y releí varias veces. Al respecto, también me sentí y siento muy atraído por la música, preferentemente el jazz, desde Duke Ellington hasta Miles Davis y John Coltrane, quizá escuchados y disfrutados desde mi vieja esquina de tango, donde brillan los temas interpretados por Pichuco y por Di Sarli, como “Bahía Blanca” o “El amanecer”, entre otros, o los entonados por la voz profunda de Francisco Fiorentino. Y el ensayo, el ensayo, siempre entre poemas y poemas, que me fue brindando también pinturas decisivas de estos tiempos, ya en Frantz Fanon, o en Michel Foucault, y en Noam Chomsky y sus tomos “Los guardianes de la libertad” y “La gran estrategia imperial”, por citar unos pocos. Para concluir mi respuesta, o bien para dejarla abierta, te dejo la mención de mis recuerdos de las “Aguafuertes porteñas” de Roberto Arlt, un verdadero cross adonde quiera que uno vaya…


          16 — Colombia. 2015. ¿Cerramos esta conversación con vos trasmitiéndonos tus impresiones tras participar en el 25º Festival Internacional de Poesía de Medellín?

          ED — Los festivales de Medellín son una institución, no sólo en Colombia sino también en todo el continente, sin obviar su fama irradiada fuertemente en Europa, Asia, África, Oceanía, y cuyos poetas destacados son invitados cada año en buen número. El sólo pensar en los numerosos actos que lo componen, habla de una presencia y de una calidad organizativa de excepción. Además, el hecho de que sus actos de apertura y de clausura se brindan en el marco de una audiencia que supera generalmente las 5.000 personas. Todo Medellín se moviliza para disfrutar de la poesía y de los poetas del mundo, inclusive desde las barriadas alejadas de la urbe. Yo sentí los festivales como un voto de humanidad y de reafirmación de la belleza de la población colombiana ante las constantes represivas, ante la ferocidad del narcotráfico y ante un patrón social muy crudo, como es el que gesta una producción de opresión y latifundio. La versión 25º del Festival fue excepcional, inclusive resaltada por la prensa, por la cantidad de público y por la calidad de los poetas de los cinco continentes que dieron vida a cada encuentro. A propósito de sus jornadas, escribí un artículo que publicaron algunos diarios, y que también está en la página web del Festival, titulado “Un Festival para un nuevo horizonte”, que se puede visitar.


*

Eduardo Dalter selecciona poemas de su autoría para acompañar esta entrevista:


LOS ÁRBOLES


Los árboles
son extraños;
 
saben algo
que repiten;
 
las semillas
los piensan,
 
los desean
y los hacen,
 
profundas e
incesantes,
 
contra la sed,
contra la noche.


*


Dejá que entre la luz,
dejala que entre,

que se acomode,
que abra su valija;

no vayás a echarla;
dale de comer;

dejá que ande por la casa.



*
            

Hay un camino
aún no atascado,

aún ni pensado,
que comienza

en la punta justo
de tus pies; hay

un camino; hay,
hay un camino.


*


Como a cada beso lo borra
el viento que sopla y sopla,

ella pocea y pocea la arena,
pareciera, con más fuerza;

es el viento húmedo, poceado,
que escribe, escribe, escribe.


*
Entrevista realizada a través del correo electrónico: en las ciudades de Villa Luzuriaga y Buenos Aires, Eduardo Dalter y Rolando Revagliatti, diciembre de 2017.


*
Palacio Valdés [Armando Palacio Valdés] - Scalabrini Ortiz [Raúl Scalabrini Ortiz]
Dorrego [Manuel Dorrego] - Juárez Celman [Miguel Juárez Celman]
Evtuchenko [Eugeni] - Jotamario [Jotamario Arbeláez]
Sadam [Husein] - Girondo [Oliverio]
Pichuco [Aníbal Troilo] - Di Sarli [Carlos]