domingo, 6 de febrero de 2022

COMPILADO: 16 escritoras argentinas responden una misma pregunta en este Compilado organizado por Rolando Revagliatti:

 

“¿TENDRÁS POR ALLÍ ALGUNA SITUACIÓN IRRISORIA DE LA QUE HAYAS SIDO MÁS O MENOS PROTAGONISTA Y QUE NOS QUIERAS CONTAR?”


1: PAULINA JUSZKO: La noche que mi perra me echó de casa: Volvía yo de un ágape pasadas las dos de la mañana. El taxi me dejó, cansada y soñolienta, en mi domicilio suburbano. Abrí el portón sin inconveniente, pero cuando quise hacerlo con la puerta de la casa, por más que manipulé la llave, fue imposible. La llave giraba normalmente ¡pero la puerta no se abría! Resistió a mis empujones y a mis puteadas. ¿Qué hacer…? Mis vecinos transitaban su segundo sueño a juzgar por las luces apagadas. ¿A quién recurrir a semejantes horas…?

Me acordé entonces de Germán, aprendiz de búho, que solía pasar la noche componiendo y haciendo música. Y que vivía a tres cuadras de mi casa. Hacia allí me dirigí; por suerte las calles de Villa Elisa son un desierto pasada la medianoche. Después de mucho tocar la campana-llamador logré que saliera un Germán alarmado de verme e imaginando quién sabe qué desgracias. La idea era que me acompañara y tratara de abrir mi puerta usando la fuerza bruta.

Sin embargo, pese a su buena voluntad, pese a los esfuerzos que hizo con el hombro (empujones) y las piernas (patadas), la puerta seguía cerrada: visage de bois.

-       -Es evidente que está corrido el pestillo de seguridad del lado de adentro – dijo Germán.

-       - ¿Cómo es posible – dije yo – si no hay nadie en la casa? ¿O habrá entrado alguien que tiene llave?

Por las dudas insistimos con el timbre. Ladró la perra, pero nada más. ¡Eureka! Entonces, por fin, entendí lo que había pasado: tocaron el timbre, la Bubú se desesperó por salir, se paró en dos patas y con las delanteras arañaba la puerta a la altura del pestillo, fue así que sin querer lo corrió.

Germán me disuadió de llamar a un cerrajero, me propuso que durmiera en su casa el resto de la noche y decidiera qué hacer a la mañana siguiente, con la cabeza fresca. Lo conversamos con Cecilia – la mujer de Germán – e hicimos un plan de acción: mis vecinos tenían a un albañil trabajando en una construcción lindera con mi jardín trasero; le pediría a ese hombre que subiera al techo de mi galpón para bajar luego al jardín, entrar arrastrándose por la puerta-ventana del dormitorio (que yo siempre dejaba algo levantada por si la Bubú necesitaba salir) y descorriese el pestillo.

Y así fue cómo – gracias a la buena onda de ese albañil providencial – pude reintegrarme a mis penates. ¡Qué aventura! ¿Y la perra…? Ni el menor sentimiento de culpa, la mequetrefa. -Moverías de contento tu rabo si lo tuvieras, ¿eh, crapulona? – la apostrofé retorciéndole suavemente una oreja.

 

                                                                               PAULINA JUSZKO


2: HAIDÉ DAIBAN: Hace ya unos cuantos años, tres parejas amigas, acordamos viajar juntas desde Buenos Aires hacia Marruecos. La idea siguiente, fue no desaprovechar la cercanía de España, cruzar hacia algún lugar pintoresco del sur y así elegimos Torremolinos.

Después del primer recorrido por Marruecos pintoresco y misterioso, pasamos con el transbordador a España y avistamos el Peñón de Gibraltar. Y ya en Torremolinos nos presentamos en el hotel bajo una buena lluvia europea. Como era media noche, no había cocina abierta y nuestro apetito se tornaba feroz, nos recomendaron un bar cercano, frente a una hermosa placita de barrio. El dueño del bar, simpático y hablador, estaba acompañando a dos parroquianos bebedores, y ya achispados, apoyados en la barra.   

Unas campanas de vidrio cubrían variados platos que, nos aseguró, eran caseros. “¡Entren, hombre, mi señora cocinó para ustedes!” Dispuso tres mesas y comenzó por traer aceitunas, creo que de La Rioja, grandes y carnosas.

“Son buenas”, opinó y sin más metió la mano, comió una o dos, como para darnos coraje y nos sonreímos por el atrevimiento. Luego trajo el vino y se sirvió una copa, “es bueno, beban”. Mientras calentaba los pedidos de arroz, garbanzos y carnes, nos relató lo que le sucedió esa semana, la visita a casa de su madre, mujer mayor y valiente, dijo, por haberse subido a una silla que colocó sobre una mesa, desde donde se puso a pintar el techo de su sala. “¡Madre!”, le dijo, “qué haces, te matarás”, y en ese momento salió disparado a traer un plato. Cuando mi marido le reclamó su comida, él le contestó, “ya vendrá, cuando el aparato haga ¡piiiiii! se lo traigo”. El aparato era el microondas. Efectivamente hizo ¡piiiiii! Y comimos casi por turnos.

Fuera la lluvia era torrencial, el dueño dijo que apagaría el televisor para que no molestara en la conversación y tomó su “control remoto”, según él lo denominó, y que era, en realidad, un palo de escoba. Apretó desde abajo y apagó la tele colgante. Ese chiste, lógicamente, causó risa.

Los hombres de la barra discutieron un poco y el mayor hizo ademán de irse, resbaló sobre un cartón empapado de la entrada, cayó dramáticamente de espaldas y uno de nuestros amigos, médico, lo vio pálido y rígido y pensó en una urgencia. Llame a la ambulancia”, pidió al dueño; éste salió a la puerta y comenzó a gritar “¡Ambulancia, ambulancia!”.

Más de las doce de la noche, sin peatones, lejos del puesto de ambulancias, nos causó pavor y gracia, no iba a llegar la ambulancia. Y en ese momento el accidentado reaccionó y le dijo a su compañero: “Creías tu que me había ido”, y movió el brazo hacia arriba, “no, me aguantarás un poco más todavía”.

Aplaudimos, contentos, y el hombre se acercó a la mesa y en agradecimiento por nuestra intervención, recitó un poema de Antonio Machado (lo anunció como si el título fuese ‘El abogao’). Debo decir que nos conmovió, el tema y su voz. A continuación, se puso a cantar un tango completo, nos miramos, nadie recordaba toda la letra.

Nuestro amigo médico cobro bríos y recogió pedidos del postre, abrió por su cuenta la heladerita y comenzó a hacer volar los helados sobre cada uno de nosotros, los atajábamos en el aire y entre risas pagamos la cena con show, la que resultó de lo más barata.

Camino al hotel nuestra algarabía despertaba a los dormidos torremolinenses. Pese al paso del tiempo, no olvidamos al recitador y mucho menos al risueño dueño del bar.


                                                                     HAIDÉ DAIBAN


3: IRMA VEROLÍN: Otoño de 1992. Yo había vuelto de la India donde estuve tres meses y viví experiencias asombrosas, materializaciones, conexiones sincrónicas, sanaciones, testimonios orales de inusitadas experiencias místicas de personas de todo el mundo, digamos que traía una cabeza sintonizada con otra realidad. Apenas arribé a Buenos Aires me encontré con el libro publicado para preadolescentes que escribí en coautoría con Olga Monkman. La editorial me envió de inmediato a efectuar la difusión a Bahía Blanca. En aquel momento se viajaba a la India pasando por Europa, de modo que se tardaban tres días entre los empalmes de vuelos y las esperas en los aeropuertos. Apenas logré dormir de a ratos. Esto sumado a los cambios horarios, a la atención excesiva que hay que tener en aeropuertos hindúes donde a veces ni siquiera se habla en inglés sino en dialectos locales, lo que sumó más cansancio a mi cansancio. Debo reconocer que desde que salí del ashram en el sur de la India vivía en un estado de aturdimiento. En la editorial me dieron dinero y pasajes. Caminé unas cuadras por una avenida y una supuesta familia en un coche me habló desde el otro lado de la ventanilla. Me dijeron que iban a hacerme acrecentar mi dinero. Como yo venía de un espacio mágico, sin tener demasiada conciencia, le seguí el diálogo. De pronto todo se oscurece o se emblanquece, no recuerdo bien, entre el diálogo y lo que ocurrió después no tengo registros. Solo sé que me quedé en mitad de la calle gritando: “¡Me robaron!”. Por el impacto me quedé sentada en el cordón de la vereda, y me dediqué a llorar a mares. Adolfo, mi amigo, me dijo que yo era la única persona que les ponía su plata en la mano a los ladrones y después hablaba de fenómenos mágicos. Leí algo sobre robos psíquicos, pero la verdad, no sé muy bien qué pasó. Resultado: repuse el dinero y partí hacia Bahía Blanca. Al atardecer tuve que realizar los talleres. Eran en total ciento cincuenta maestras y directoras de escuela. Así es que se dividieron en dos grupos y los talleres a coordinar fueron dos el mismo día, uno después del otro. Me colocaron detrás de un escritorio, con los codos apoyados me puse a hablar. Entonces me encuentro con la cabeza hundida entre mis brazos, alguien me toca el hombro, me dice: “¿Está usted bien?”. Por lo visto en mitad de mi charla me quedé completamente dormida, parece que los docentes permanecieron en suspenso, esperando, luego creyeron que me había desmayado o algo peor aún. La segunda parte la hice de pie para no sucumbir al sueño, producto del jet lag de mi reciente viaje.

El libro se vendió bien, orienté a los docentes a utilizarlo como taller de producción literaria. Unos meses después, en la esquina donde me robaron el dinero, encontré el monto exacto que me habían robado tirado en la vereda. Juro que fue la misma cantidad y en la misma esquina: evidentemente la magia continuó. Y continúa hasta hoy. 

                                                                             IRMA VEROLÍN     


4: PAULA WINKLER: Soy doña despiste. De joven era más torpe y obstinada aún. Uno de mis primeros casos importantes como abogada versaba sobre patentes y marcas. Como me daba vergüenza preguntarle a algún colega mayor la dirección de la Oficina nacional para averiguar un par de cosas – el google no existía entonces –, me hice la canchera y le dije a una de las empleadas de la recepción de la Consultora donde trabajaba que me anotara adónde ir en un papel pues estaba apurada… Fui: se trataba de otra Consultora, conocidísima.  Cuando me di cuenta del papelón (al bajar del ascensor “me había mandado” sola), hui despavorida inventando no sé qué tontera. No me paralicé (por obstinada), entré en un bar cercano, pedí una guía telefónica y finalmente encontré la Oficina de Patentes y Marcas. Como una de las recepcionistas me había reconocido de la Facultad, la anécdota circuló durante largo rato… Menos mal que gané el caso.

Otra: Estamos mi familia, una amiga y yo en la Parada 16 de Punta del Este. Tomando el sol, no me digan el porqué, me parece reconocer a un conocido actor francés. Le digo a mi esposo “allá voy, le pido un autógrafo” (no había celulares entonces) y entablo, ante el asombro de él y la perplejidad de mi amiga, una improvisada conversación en francés, fascinada por el casual encuentro. Lo felicito por su actuación con Romy Schneider. Pero él me contesta (en francés): “Buenos días, Paula, soy fulano, cursamos juntos Sucesiones y Procesal II, ¿no te acordabas de mí?”. Etcétera y risas.

Y otra: Camino con mi yerno (siendo más mayorcita), temerosa de perderme en un copioso bosque sueco a la vera del mar. Hablamos (en inglés), y yo empujo el cochecito de mi nieto concentrándome en la playa cercana a Stora Essingen y en un embarcadero que podría funcionar como punto de referencia... Mi nieto canta feliz, yo hablo y hablo. Y de pronto, mi yerno me sugiere que vuelva al inglés ante mi largo soliloquio en castellano (idioma que él no comprende), incluso reclamándole yo aceleradas respuestas…

                                                             PAULA WINKLER

5: GRACIELA PEROSIO: Suena el teléfono y atiendo. Una voz estricta pregunta si soy la coordinadora del taller de escritura. Cuando afirmo, me pregunta cómo hace para enviarme los textos que necesita arreglar.

—No, señor, no trabajo de esa manera. No hago corrección de textos. Se sorprende, hace una alusión a que si es un taller…. Pensó –algo así me dijo- que era parecido a llevar a un auto al chapista.

—Sucede, me dice, que tengo ganado muchos premios. El último, del Rotary Club de Rosario. Pero siempre me dan el segundo o el tercero. Quiero ganar el primero y si usted…

—Si yo le arreglo el escrito el premio me lo gano yo, no usted. Se trata de aprender.

No de muy buena gana terminamos arreglando una entrevista. El hombre de unos 60 años, cuenta una situación sentimental desgraciada. Un largo noviazgo interrumpido por la muerte de la mujer. Y este duelo aparece reiteradamente en su escritura. En fin, por demás delicado. Al conversar acerca del trabajo sobre lo escrito encuentro poca lectura de escritores conocidos. Más bien, es una persona que asiste a grupos que se organizan como peñas, con mucho apoyo social y afectivo, pero donde casi no se hace crítica ni frecuentan las literaturas de diferentes orígenes. En cambio, se leen mucho entre los asistentes para acompañarse, objetivo nada desdeñable en esta sociedad tan cruda y violenta.

Pero, para mayor complicación, Anselmo, que así se llama el aspirante a poeta, se obliga a escribir sonetos. “Y no me salen ni contando las sílabas, no son todos de 11 ¿ve?”

—Es que el contar las sílabas es una ayuda posterior, primero hay que tener esa música adentro. Tal vez el soneto no sea lo suyo.

—¡Ah, no!, no me diga eso. No sirvo para renunciar.

—Le propongo, entonces, dos o tres clases, en las que solo va a venir a escuchar, sin escribir nada ni comentar nada.

Como se están imaginando, hice una selección de sonetos notables desde Garcilaso hasta aquí. Pasaron dos semanas con sus correspondientes clases y llegó la tercera. Llama a la puerta. Abro y lo veo venir con un rostro furioso y una valija enorme, con forma de cofre y bastante pesada.

Pasa y me pide permiso para apoyar el mamotreto sobre la mesa. “Esto es para usted.” Dice, enojadísimo. Aquí le traigo todas estas estafas que me han hecho. ¡Pum!, ¡bom!, ¡plaf! - suena el metal sobre la mesa y caen, entre cintas y diplomas, las medallas, estatuillas, placas y demás.

—Ya me di cuenta de que mis versos no merecen nada de esto. No hace falta que usted me siga leyendo. Simplemente, me estafaron y fui muy crédulo.

—No, eso usted no lo puede saber. Siéntese, por favor. Mire, en este tipo de concurso se trata de incentivar el entusiasmo de los participantes y generalmente el jurado no tiene permitido declarar el premio desierto. De modo que, es posible, que lo que usted presentó fuese mejor a lo que presentaron otros. El tema es con qué otras escrituras nos seguimos comparando después. Si nos comparamos con Borges y sí, todos quedamos lejos… Ni uno ni otro extremo, es lo que le recomiendo para empezar a transitar la escritura y ver si realmente lo entusiasma hacer el trabajo necesario para mejorarla.

—Lo voy a pensar. Por ahora, no estoy listo para contestarle. Pero le agradezco que me haya permitido darme cuenta de la verdad.

Nunca volví a saber de él. Pero quedé tranquila de que, finalmente se fue en paz y sin que le haya faltado el respeto a la historia de su pérdida que aún lloraba, que fue, creo, lo que más me preocupó desde el principio. ¡Quería honrarla con el Primer Premio!, era evidente.

 

GRACIELA PEROSIO


6: INÉS LEGARRETA: Creo que esta anécdota califica. En 1997 había salido publicado mi libro de cuentos “Su segundo deseo” y, entre otras, había tenido una reseña muy elogiosa en la revista “El Planeta Urbano”. No hacía mucho que “El Planeta Urbano” se había incorporado al mundo editorial, pero desde el primer número estuvo claro hacia dónde apuntaba la revista: riesgo, enfoques poco convencionales en los artículos y entrevistas, notas firmadas por escritores o artistas reconocidos; modernidad en el diseño y un gran despliegue fotográfico y publicitario que se manifestaba claramente desde las tapas, todas con “celebrities” en composiciones irreverentes. De manera que cuando me llamaron de la redacción para una entrevista de trabajo me sentí halagada y, a la vez, un poco inquieta. ¿Qué me propondrían? Viajé desde Chivilcoy a Buenos Aires y fui a la casa editorial que estaba en el barrio de Belgrano; allí me recibieron Elsa Drucaroff (hacía las notas sobre libros), Sergio Varela (era editor de secciones) y alguien más, pero no recuerdo quién; saludos, presentaciones (no nos conocíamos personalmente hasta ese momento) y después de una charla informal de situación, Sergio Varela me dice más o menos esto: “Bueno, Inés, como nos interesa tu escritura te queríamos invitar a que colaborases con algunas notas y artículos según se vaya dando; nos gusta proponer cosas diferentes y por eso pensamos en vos para una nota sobre el Golem”. Dijo “Golem” y me miró con cara divertida y expectante. “Ah, El Golem”, y de inmediato empecé a buscar desde dónde abordar el tema: Borges, sin duda, el poema de Borges y el acervo de la cultura judía, el significado de esa creación. Supongo que lo fui diciendo en voz alta porque me interrumpieron, “Esteeee… no, escuchaste mal, no Golem sino Golden, el Golden de la calle Esmeralda”. Silencio. Yo: “¿Y qué es el Golden de la calle Esmeralda?” “Un boliche con strippers masculinos, único y exclusivo para mujeres”. Ahhhhhh. Carcajadas. Yo no tenía ni idea de su existencia. “¿Te animás?” “Obvio”, respondí. Pactamos condiciones y fui con dos amigas; nos divertimos mucho y la nota salió redonda. (“Golden boys”, en el número de abril de 1998 de “El Planeta Urbano”.)

 

 INÉS LEGARRETA


7: SUSANA CELLA: Es una anécdota triste, y digo triste por la miseria académica que hemos tenido que padecer. A raíz de un concurso para cubrir un cargo de profesor/a titular, una de las jurados fue atacada en las redes. Me dijo esta colega: “Me han puesto el mote de Jelinek”. Yo, en mi supina ignorancia de lo que circula, le dije a esta querida amiga: “Bueno, al menos te han comparado con un Premio Nobel”. En mi mente estaba el nombre de Elfriede Jelinek, la escritora y militante austríaca que ganó esa distinción en 2004. Mi amiga me contrastó con la realidad de los eunucos que la insultaban. “No”, me dijo auscultando mi ignorancia. “Me comparan con Olga Karina Jelinek”, y ahí supe de la miseria del ataque. La emparejaban a una vedette que se exponía en “Bailando por un sueño” y cosas así. Me quedó el amargo recuerdo de haber leído una novela de Elfriede y de saber que portaba el mismo apellido la tal modelo.

SUSANA CELLA

8: ADRIANA MAGGIO: Estaba cursando el Profesorado de Castellano y Literatura en el “Joaquín V. González”. Tendría alrededor de 19 tímidos e hipersensibles años. El Profesorado estaba en Av. de Mayo y San José, en un edificio viejo, que ahora es hotel. Las escaleras eran de mármol y estaban gastaditas por los muchos años. Yo iba bajando la escalera, con mi pollera ajustada, a la rodilla, y mis tacos altos finiiiitos. En sentido contrario, vi que venían subiendo dos jóvenes muchachos cuya aparición me puso seriamente nerviosa. Mis delgados tacos resbalaron en el escalón, y caí de cola con las piernas abiertas y uno de los jóvenes entre ellas: la falda se subió hasta la entrepierna, y quedaron al aire mis muslos decorados con el inefable portaligas que se usaba en ese tiempo, para sujetar las medias de nylon. Sé que el joven me ayudó a levantarme, pero cómo salí de allí y cuándo volví a poner los pies sobre la tierra, sigue siendo un misterio. El enorme moretón que se alojó en mis nalgas tardó en desaparecer mucho más tiempo que mi vergüenza.

 

ADRIANA MAGGIO

9: MARTA BRAIER: Al promediar la década del 70, en ocasión del cincuentenario del fallecimiento de Ricardo Güiraldes, el director del Suplemento Cultural del diario Clarín de esa época, Fernando Alonso, me encomendó una llamada telefónica a Borges, para que nuestro venerado escritor homenajeara con alguna anécdota o recuerdo al autor de “Don Segundo Sombra”. Yo trabajaba en reseñas literarias para el Suplemento y acepté con entusiasmo el encargo honorífico.

Debía llamar a Borges a las 17.00 horas en punto a su casa y llevar al día siguiente una breve nota.  El caso es que yo, con el número de teléfono que me habían dado anotado en un papelito, entré a una cabina telefónica del Sanatorio Otamendi, en la calle Azcuénaga, justo a la vuelta del edificio donde yo vivía, por la calle Paraguay. No tenía teléfono de línea (y no era fácil conseguirlo).

Cuando el ama de llaves que me atendió me pasó con Borges, atiné a escribir como pude su relato, conmocionada por esa voz pausada y única, apoyando el cuaderno en la pared vidriada de la cabina, mientras una larga fila de personas ansiosas se alineaba aguardando su turno para el uso del teléfono.

Presa de un nerviosismo in crescendo, y viendo con preocupación que la fila crecía, agradecí tímidamente a Borges su colaboración, corté y me refugié eludiendo las miradas en la capillita del Sanatorio. Allí permanecí un largo rato en busca de amparo. Era mucho para una jovencita tucumana recién llegada a Buenos Aires recibida de Profesora en Letras. ¿Quién me iba a creer?

Cuando llevé la anécdota al diario, escrita con fidelidad absoluta a las palabras del célebre autor de “El Aleph”, me enteré de que Borges ya la había contado varias veces y que se había publicado. En realidad, lo que destacaba, con énfasis, era que Güiraldes se había olvidado una noche la guitarra en su casa.

Yo tardé en recibir el teléfono de línea y no he olvidado esa voz ni ese momento. Bien vale rubricar este recuerdo con versos borgianos: “Qué importa el tiempo sucesivo si en él hubo una plenitud, un éxtasis, una tarde”.

¿Existirá aún esa cabina?

 

MARTA BRAIER


10: BEATRIZ ARIAS: Cuando mi hijo mayor, Esteban, se salvó de hacer el servicio militar en 1991, resolvimos festejarlo. Nadie de la familia lo había hecho por uno u otro motivo.

Fuimos al supermercado con Daniel, mi esposo, y compramos bebidas y comidas varias para empezar con una picada y seguir con dulces y sidra bien fría para el brindis.

Cuando llegamos a la caja para pagar, entra un señor de mediana estatura, pelo corto canoso, con pantalón y campera jean que se acercó al dueño (el gallego) desde atrás y le apuntó con una pistola en las costillas. Todos se quedaron mudos y quietos a la orden del desconocido. Menos yo. 

Seguí charlando con Daniel como si nada ocurriera y comenté por qué no nos cobraba el cajero y nos íbamos. En ese momento los clientes estaban depositando la plata sobre el mostrador, igual que Daniel. Yo le pregunté por qué lo hacían y me contestó: “Es un asalto”.

Entonces me di cuenta, me paralicé y empecé a temblar. Lentamente fuimos hacia el fondo del supermercado hasta que el ladrón se fue. Recogimos los comestibles y volvimos a casa.

Al otro día, volvimos a comprar al súper y el dueño nos cobró todo lo que llevamos. El festejo lo pagamos dos veces.

BEATRIZ ARIAS
 

11: SUSANA SZWARC: Con los títulos de los libros me pasaron ciertas situaciones irrisorias. Por ejemplo, llevé a fotocopiar cuando aún no estaba impreso, poemas de “El ojo de Celán”. Y quien fotocopiaba me preguntó si todo el libro que estaba escribiendo transcurría en Ceilán, si había estado allí. No quise incomodar y dije que sí, que estuve allí. No pude evitarlo y agregué que es un lugar al que voy muy seguido.

 


SUSANA SZWARC

12: ZULEMA DE ARTOLA: Cuento el ridículo más reciente. Me disponía a enviarle un mensaje por wasap al nuevo administrador (al que sólo conozco por su fotografía allí) del edificio en el que vivo. Algo toqué inadvertidamente y en lugar del mensaje le llegó un sticker: corazones, florcitas, zapatos de mujer, etc. Claro está, luego le envié otro mensaje, reconociendo mi error (hasta ahora, no recibí respuesta).

 


ZULEMA DE ARTOLA

13: LAURA SZWARC: Me han sucedido situaciones irrisorias con el heterónimo An Lu con el que firmo mi poesía.
Por ejemplo, me hablan de An Lu y hasta relatos disparatados sobre ella, desconociendo que se trata de la misma Laura Szwarc. Pero, ¿acaso somos cada vez los mismos?  Aquí vemos una vez más cómo la identidad se mueve.

 

LAURA SZWARC

 

14: ANA GUILLOT: La que me viene a la memoria tiene que ver con mi primer libro. Ya recibida en la carrera de Letras, ya profesora secundaria y universitaria, me propongo abrir un taller literario. Al poco tiempo veo un anuncio de la querida Gloria Pampillo ofreciendo un taller de verano para aprender a coordinar. Y hacia allá fui. La primera sorpresa fue que muy seria nos dijo: – Nadie puede coordinar un taller de escritura si no escribe también-. Y ahí nos tuvo: todo el verano escribiendo diferentes consignas y, por lo tanto, aprendiendo la técnica. También lecturas, etc. Fue una gran experiencia, pero yo no había ido para escribir. Siento que la carrera inhibe. Es algo así como: ¿qué puedo llegar a escribir yo después de haber leído a semejantes maestros?
Sin embargo, escribí. Y ella comenzó a entusiasmarme. Y tuve mi primer libro. Entonces me pasó el número de teléfono del inefable editor José Luis Mangieri. Ni mail, menos mensajes de texto, menos WhatsApp. Nada existía: teléfono. Hace muchos años de esto.
Cita con Mangieri, cafecito, charla, entrega del manuscrito. -Te llamo en unos días- dice. -Dale- respondo muerta de nervios. Y así seguí… por más de un mes (mucho más). Claro, debe ser un desastre; claro, ¿cómo le iba a gustar mi poesía?; claro, qué papelón.
Un día junto coraje y lo llamo: -Nena, menos mal que llamás. Voy a publicarte. Pero otra vez dejame, aunque sea un dato. No pusiste ni teléfono ni dirección ni nada… En fin: auto-boicot… o las hermanastras de Cenicienta (que, obviamente viven también en mi interior) confabulándose en mi contra. Así nació “Curva de mujer” y acá estamos.

 

ANA GUILLOT


15: ÁNGELA GENTILE: Preguntás si podría contar alguna situación irrisoria y pensando en alguien de la literatura, me surgió lo que me pasó con Umberto Eco.

Viajé desde la ciudad de La Plata a Buenos Aires, enviada por el Instituto de Cultura Itálica, cuya vicedirectora en aquel momento era Haydée Bencini, directora del programa “Caffé Ristretto”, que se emitía por Radio Universidad y de la Revista “Dall´Italia 2000”. Fui con dos grabadores. Logré llegar a Eco (detrás del escenario del teatro) y justo empezaba la conferencia, así que permanecí en silencio absoluto hasta que finalizó y le pude formular algunas preguntas. Todos querían hablar con él, por supuesto. Pero me había olvidado de activar el grabador, donde debía registrar su saludo para radio Universidad de La Plata. Entonces lo seguí llamando: -Maestro, maestro, mi scusa! Se da vuelta y me dice: -Un´altra volta Lei! -se ríe y me invita con un gesto a acercarme. Le expliqué que me había olvidado de pedirle el saludo para la radio y lo realiza muy bien predispuesto. Luego me autografía “Opera aperta”, me escribe su dirección postal (porque le había comentado sobre una adaptación que había efectuado sobre “Le lenti di fra Guglielmo” para usarlo en mis clases) y me dice: -Mi scriva! voglio leggerlo! Y un 21 de enero me envió una carta con la respuesta.

 


 ÁNGELA GENTILE


16: NORMA ETCHEVERRY: En un número del año 2010, de “Facundo”, aquélla buena revista dirigida por escritores de Rosario, salió un dossier titulado “La Plata de los poetas”. No tenía que ver con el dinero, claro, sino con los poetas de nuestra ciudad capital, La Plata. El dossier incluía sendas entrevistas a Néstor Mux, a César Cantoni, y a Gustavo Caso Rosendi, y se plasmó en casa de éste último a instancias de Sebastián Riestra. Recuerdo que esa noche fui invitada pero no pude ir, y ellos, generosos, me incluyeron a su manera: en un apartado titulado “La hermandad de la uva” se mencionaba que algunos poetas platenses se juntaban para compartir libros, lecturas, y también botellas de vino tinto. Y en esas líneas dejaban sentado que la tertulia no era exclusivamente masculina, sino que solía acompañarlos la que suscribe. Recuerdo que me agradó esa forma tan particular de tenerme en cuenta, casi de igual a igual si lo medía con la vara de género, aunque consciente de que el mérito me acercaba peligrosamente al borde de una condición etílica no tan feliz, pero exquisitamente valorada si tenemos en cuenta aquél dicho que le adjudican a Horacio: “No sobrevivirán los versos escritos por bebedores de agua”. Aún guardaba en mi memoria otra anécdota que también tiene su origen en el vino, pero ocurrida muchos años antes. En aquélla ocasión fue Néstor Mux quien me había invitado a casa de José María Pallaoro, a quien yo no conocía, “a comer unas empanadas y hablar de poesía” -me dijo-, por lo cual, me pareció atinado llegar con un presente y qué mejor que una botella de vino. Confieso que entonces no sabía de vinos y compré de pasada una marca que me avergüenza nombrar. Cuando entré a la casa lo primero que vi fue una bodeguita preciosa con un montón de botellas de buen nombre, empezando por el modesto y noble López, que suele revocar más de una cuenta. Luego, me pregunté qué pensaría el dueño de casa de mí, y sólo había dos opciones: o yo no sabía nada de vinos o era muy borracha… no sé qué era mejor. Pero, habiendo pasado los años y también los ríos de tinta y los de vino, ese gesto de los “varones de la poesía” en la revista “Facundo” resultó para mí como cancelar una deuda íntima, puesto que esa amable inclusión saldaba mi ignorancia y me restituía la magia de que el vino es parte de la poesía, como ya sabrían los griegos y particularmente Horacio.

 

 NORMA ETCHEVERRY

 

 


domingo, 24 de octubre de 2021

«Hablando en voz alta, la mayoría de las veces en completa soledad»

 

Horacio Pérez del Cerro responde ‘En cuestión: un cuestionario’ de Rolando Revagliatti



Horacio Pérez del Cerro
nació el 5 de septiembre de 1950 en Buenos Aires, capital de la República Argentina, y reside en la ciudad de San Justo, partido de La Matanza, provincia de Buenos Aires. Cursó, sin concluir, las carreras de Ingeniería Electricista en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires, y en la misma universidad la Licenciatura de Antropología Social en la Facultad de Filosofía y Letras, así como la Licenciatura de Psicólogo Social en la Escuela de Psicología Social para la Salud Mental, de Alfredo Moffat. Fundó en 1982 el sello Ediciones El Tranvía. Coordinó talleres literarios particulares y en “El Bancadero”, Asociación Mutual de Asistencia Psicológica. Creó y condujo espectáculos articulados entre poesía, teatro y música en ámbitos argentinos y brasileños. Fue redactor de las revistas “Línea” (1982-1983) y “La Hoja” (2000-2002) y es colaborador de la revista literaria “Ayesha”. Integró el volumen colectivo de poesía “Taltriana” (1982). Su estudio preliminar “Contra la versión perversa de sus carceleros o la malversada tesis vulgar”, forma parte de la antología “Sade. Sistema de la agresión. Textos filosóficos y políticos” (con selección de Flavio Crescenzi, Ediciones El Tranvía, 2002). Como libro electrónico se accede en la web a su “El armisticio del tábano”, relatos I (2015-2017), de prosa poética. Poemarios publicados entre 1985 y 2002: “Multitudes en silencio”, “Los inviernos del fuego” (Antología 1992-1999) y “Crujidos”.

 

1: ¿Cuál fue tu primer acto de “creación”, a qué edad, de qué se trataba?

 HCP: Lo que atañe al acto de creación, corresponde al grado de disconformidad con el mundo que me rodea, y me rodeaba en mis primeros años de la niñez. Lo que sucede es que en aquel entonces no discernía lo suficiente para entender lo que sucedía y me limité, con elementales herramientas perceptivas que disponía, a construir transformando desde lo lúdico, si cabe como acto creativo. 

Recuerdo dos juegos, hoy se les llaman didácticos: uno constaba de piezas de madera y cartón pintado, para construir casas, y el otro, de madera en su mayoría, para construir objetos mecánicos con movimiento. En la actualidad no existen como tales, y tal vez han sido reemplazados por otros materiales sintéticos. 

El primero constaba de unas bases cuadradas de madera terciada gruesa de diferentes medidas, con agujeros cuadrados dispuestos en cuadrícula, en los que se insertaban unos palitos también cuadrados con ranura a lo largo, donde había que calzar unos cartones con forma de ventanas, puertas, barandas de balcón y otras lisas tipo pared, y unos en forma de techos que se engarzaban. Y el segundo, de palitos redondos de diferentes largos, y rodajas de madera a modo de ruedas lisas con ranuras en sus bordes y otras dentadas como engranajes, y agujeros en diferentes posiciones.

Al comienzo seguí las posibilidades que los juegos me permitían. Pero después de un tiempo comencé a fabricar, con cartones y madera, otros elementos que me permitieron expandir, transformar y hasta transgredir las libertades que me posibilitaban, además de combinarlos, uno con el otro.

Estimo este período de mi infancia entre los cinco a siete años. 

2: ¿Cómo te llevás con la lluvia y cómo con las tormentas? ¿Cómo con la sangre, con la velocidad, con las contrariedades?

HPC: Vaya pregunta, nada sencilla, más que nada la última.

Con la lluvia muy bien, como cuando comienza un romance, pero si continúa por muchos días sin cesar, me resulta un tanto cargosa o tal vez insoportable.

Con las tormentas, sin embargo, tengo un amor incondicional. Sobre todo, en las que he estado en el mar o la playa. Recuerdo varias sucedidas en algunos febreros de mi juventud, en Mar del Plata. Me llenaba de gozo en compañía de un perrito, ir a la punta del espigón del puerto para que nos bañaran las olas que chocaban contra las rocas, o en una playa muy extensa, llamada Dinamarca, cerca del faro. La sensación de aquél espectáculo era comparable a estar escuchando “El holandés errante” de Wagner, o alguna sinfonía de Beethoven, entre truenos y relámpagos.

La sangre es como el soplo de la creación que nos da y une a la vida, y que desaparece con la muerte. Esta cualidad de ser y no ser o de estar y no estar, la emparento con nuestra finitud humana, y es lo que me hace mencionarla y metaforizarla en mi poesía. 

La velocidad es más que un fenómeno físico, que los seres humanos deben aprender a regular en tanto y cuanto atiende a cuestiones psíquicas en nosotros, muchas veces provenientes de la ansiedad, la falta de atención sobre algún hecho, o la vorágine a que ante las apetencias de éxito (palabra horrible), y acumulación de bienes, nos imponen estos últimos tiempos.

La considero enemiga de todo momento de pensar y reflexionar, o realizar algún trabajo a conciencia. Donde no se miden las consecuencias de esa premura totalmente gratuita.

Asimismo, es inadecuada al momento de emitir un discurso, o como se dice vulgarmente “abrir la boca” para decir algo sin haberlo pensado.

En tanto al uso que se le da en otros aspectos, como los tecnológicos, está descontrolada. Como antídoto a los estragos que muchas veces produce, se me ocurren tres refranes o dichos populares: “No por mucho madrugar se amanece más temprano”, “Darle tiempo al tiempo” y “Chi va piano, va lontano”, es decir, “El que va despacio, llega lejos”

Si bien las contrariedades son propias de la vida cotidiana, creo que se han incrementado en esta modernidad, por habitar en espacios cada vez más reducidos, rodeados de tanta sofisticación tecnológica, hacinados en ciudades, lejos del entorno de la naturaleza. Puedo decir que las soporto o las naturalizo para que no me afecten. Tienen el aspecto de que algo sucede del afuera, contrario a nuestros deseos o designios. Es un rasgo de mezquindad de parte nuestra, o parte de nuestro antropocentrismo a ultranza. Como que algo está conspirando en contra nuestro o de nuestro deseo, por eso lo de contra-riedad… Quisiera saber qué de nosotros, o nuestra “riedad”, se encuentra herida. ¿Será que esa herida a nuestro narciso lo reescribe como “riedad”, y lo naturaliza, incluye y enmascara en el lenguaje? Quien quiera que saque sus conclusiones. 

3: “En este rincón” el romántico concepto de la “inspiración”; y “en este otro rincón”, por ejemplo, William Faulkner y su “He oído hablar de ella, pero nunca la he visto.” ¿Tus consideraciones?

HPC: He leído ese reportaje que hicieran a Faulkner, y así como con otras apreciaciones muy acertadas, concuerdo plenamente con él.

Si bien hay una pulsión que nos lleva al acto de la escritura, luego de ese instante la obra se construye con mucho y dedicado trabajo. Trabajo por el sentido y el rumbo que deseamos tenga lo escrito, lo que nos dicen las palabras que utilizamos en un primer borrador, y lo que ellas combinadas hacen al texto. Es un ida y vuelta, lo que hemos escrito en una primera fase, lo que percibimos de lo escrito y nos devuelve otra idea otro sentido, otra construcción que no imaginábamos estaba ahí, y que solo el trabajo y la observación nos permite escuchar lo que nos dice el texto, su discurso oculto que no pudimos leer en un primer momento. Es todo un proceso de descubrimiento, un juego placentero en que nos sumergimos para escuchar otras voces, que luego con el trabajo quedan al descubierto y construyen la obra. Ese para mí es el trabajo, el tuteo con lo oculto que nos dictan las palabras combinadas de una forma determinada en un texto, los pactos y alianzas que establecemos para que nos permita hacerlo visible, sin traicionar el compromiso que asumimos, y motivo de su origen.   

4: ¿De qué artistas te atraen más sus avatares que la obra?

HPC: En primer lugar, la palabra “artista”, que se usa para definir a toda persona que realiza un hecho artístico, está muy bastardeada.

Digo esto porque hoy se llama artista y se extiende su acepción a cualquier sujeto/ta, que realiza un adefesio en la plástica, ejemplo las instalaciones, al que escribe un mamarracho que pretende ser literario, por lo general voluminoso, acompañado de una miríada de presentaciones adulonas, o aquel que hace una morisqueta sobre un escenario y presume de actor o bailarín/a. Creo, al mismo tiempo, que hay una carencia generalizada de sentido crítico, en algunos de los que se pretenden autores.

Pienso que esto es fruto de una publicidad impostada, por y para beneficio único del mercado editorial, los marchantes de la plástica o el llamado mundo del espectáculo, o de “idiotización” masiva, como la televisión.

Yendo a la pregunta estrictamente. Me interesa la obra, lo demás es accesorio. Prima conocer el producto artístico, su calidad innovadora como su aporte al crecimiento del arte que se trate. Mi curiosidad por los pormenores y avatares de la vida del autor los considero necesarios si algo lo promueve o me lo reclama, de lo contrario no entran en mi campo de interés.

Como apéndice a tu pregunta, respecto al totalizador “artista”: la lengua castellana con que nos manejamos, adolece desde su aspecto formal de las mismas endemias de la cultura occidental judeo-cristiana que la creó, no solo estética sino ideológicamente, por eso es que el totalizador “artista” no está libre de esta cojera. Considero que esos totalizadores más que precisar, “embarran la cancha”. La ausencia de estos totalizadores de la lengua en ciertas culturas, coadyuvan mucho más a la excelencia y pureza de ellas que en detrimento; hay un ejemplo interesante de tomar en cuenta en “El pensamiento salvaje” de Claude Lévi-Strauss.

5: ¿Lemas, chascarrillos, refranes, proverbios que más veces te hayas escuchado divulgar?

HPC: “Al que nace barrigón es al ñudo que lo fajen”, “El que nace para pito nunca llega a corneta”, “Tantas veces va el cántaro a la fuente que al fin se rompe”, “Más vale pájaro en mano que mil volando”; el que ya te referí anteriormente, “No por mucho madrugar se amanece más temprano”,  y su casi contrapuesto “Al que madruga dios lo ayuda”; “Dios dice: ayúdate que te ayudaré”, “Vísteme despacio que tengo que salir apurado”, “Una imagen vale más que mil palabras”, “Mil hombres juntos es igual a la milésima parte de un hombre”, “El perro es el mejor amigo del hombre”, “En boca del mentiroso lo cierto se hace dudoso”; uno muy terrible: “La letra con sangre entra”; “Serás lo que debas ser o no serás nada”, “Todo depende del color del cristal con que se mire”… Muchos de ellos me los enseñó mi abuela materna. 

6: ¿Qué obras artísticas te han —cabal, inequívocamente— estremecido? ¿Y ante cuáles has quedado, seguís quedando, en estado de perplejidad?

HPC: En mi temprana juventud, la novela “Don Camilo” de Giovanni Guareschi, y en prosa o relato las “Confesiones” de Paul Verlaine. Luego y mucho más adelante, “El señor presidente” de Miguel Ángel Asturias; “Pedro Páramo” de Juan Rulfo; las cinco baladas de “El jinete insomne” y “Cantar de Agapito Robles” de Manuel Scorza; y la novela “Tadeys” de Osvaldo Lamborghini. En poesía, “Poema del cante jondo”, “Romancero gitano” y “Poeta en Nueva York” de Federico García Lorca; “Trilce”, “Poemas humanos”, “España, aparta de mí este cáliz”, y en general toda la poesía de César Vallejo; la de Blas de Otero en “Ángel fieramente humano”; algunos poemas de Vicente Huidobro, y algo de la obra poética de Juan Gelman.

Como artículo aparte tengo que mencionar la obra de Antonin Artaud, como algo que me abrió la cabeza a un universo muy diferente, y de un valor único y como hecho literario desestructurado de todo lo conocido; su teoría sobre el teatro a su vez me llevó a Alfred Jarry, y a “El teatro de la muerte” de Tadeusz Kantor.

Del cine te puedo referir, “I pugni in tasca” (Con las manos en los bolsillos) de Marco Bellocchio; “Barrio chino”, “El inquilino” y “A faca na agua” (El cuchillo en el agua) de Roman Polanski; “Ostia”, con guión de Pier Paolo Pasolini y dirección de Sergio Citti, así como “Teorema” y “Edipo Rey” de Pasolini (su poesía me gusta mucho también); “Grupo de familia” de Luchino Visconti; “El acorazado Potemkin”, “Iván el Terrible”, parte 1 y 2, de Sergei Eisenstein (me parecen estas dos últimas de una magnificencia poética sublime, su coreografía, iluminación fuera de lo común, teniendo en cuenta la época en que fueron filmadas); “Tiempos modernos” de Charles Chaplin.

Del teatro, recuerdo tres obras que me emocionaron: “El avaro” de Moliere, interpretado por Walter Santana, “La mujer sentada” de Copi, en adaptación de Alfredo Arias, interpretada por Marilú Marini y Alfredo Arias. Y “La nona” de Roberto Cossa, que se puso en escena en el teatro Lasalle de la ciudad de Buenos Aires, con un elenco fuera de serie, Pepe Soriano, Ernesto Bianco y Carlos Carella, por nombrar algunos.   

En cuanto a la música, Johann Sebastian Bach, Ludwig van Beethoven, Richard Wagner, Mozart, y Carl Orff con su “Carmina Burana”, en lo que concierne a clásica. Mucho de nuestro folklore: del Uruguay, Alfredo Zitarrosa y José Carbajal; de Brasil, Chico Buarque y Maria Bethania. Del jazz, los blues, y un intérprete que me impresiona: Tom Waits.     

En estado de perplejidad entré cuando pude ver y estar observándolo desde diferentes distancias durante cinco días, un cuadro de Vincent Van Gogh sobre un molino, no recuerdo ahora el título, en una muestra muy importante en el Museo de Arte de Río de Janeiro. Ahí estaban algunas obras de los pesos pesados de la pintura, Rembrand, Picasso, Modigliani, Portinari, Miró, Dalí, Chagal, Gauguin..., y de la escultura, Auguste Rodin. Pero esa obra, la de Van Gogh, me consternó de tal modo que me solazaba observando el tipo de movimiento del pincel, que era en círculos abiertos de izquierda a derecha; fue como retrotraerme en el tiempo y estar en presencia de Vincent cuando lo pintaba, fue una sensación muy rica y mágica a la vez, y sí, entré en un estado de perplejidad porque no sabía qué hacer con tanta belleza, era toda la belleza encarnada en ese cuadro y lo que me hacía sentir y dónde me llevaba. Era una “belleza convulsa”, parafraseando a Francisco Umbral, o esa otra belleza con toda su crueldad, que decía Artaud, no la crueldad morbosa de un criminal y sus crímenes expuestos pornográficamente, sino la que se expone abierta y sin artilugios ni remilgos decorativos, esa misma belleza virgen de lo salvaje, una belleza salvaje e impiadosa a la luz de las leyes humanas, que distan mucho con las del equilibrio de la naturaleza. Eso me sucedió, trascendió mi observación, me hizo vivir el acto mismo de creación de Van Gogh.

7: ¿Tendrás por allí alguna situación irrisoria de la que hayas sido más o menos protagonista y que nos quieras contar?

HPC: Sí, y bastante reciente. Fue cuando me internaron en el 2017, por una casi septicemia que se me produjo por el linfedema crónico que tengo en las piernas.

Me internaron en el Hospital Balestrini del partido de La Matanza, donde vivo, con un cuadro de coma febril agudo. Luego de varios días de internación, ya consciente, mi pareja de entonces me refirió que cuando ingresé por guardia, el o la médica, no sé, que me revisó al comienzo, trató de sacarme la dentadura, metiéndome la mano en la boca y comenzó a tirar con fuerza sin éxito; entonces mi pareja le explica que no tengo dentadura postiza, que los dientes y muelas, restando algunos, eran los míos. Cuando terminó de contarme la escena, mi pareja y yo nos desternillamos de risa.

8: ¿Qué te promueve la noción de “posteridad”?

HPC: Algo que estoy seguro que no voy a alcanzar a ver o vivir más precisamente. Me produce mucha angustia, pero a su vez un gran interrogante, y es el cómo me recordarán, los que se acuerden de mí, obviamente. Tal vez mi hijo y los parientes jóvenes, sobrinos y sobrinos nietos, algún amigo que me trascienda. Alguien que habiendo leído mi obra me recuerde, mal o bien. Hace poco tiempo recibí una nota en mi correo electrónico sobre una alumna de una universidad de Estados Unidos, que me había mencionado en una tesis, sobre un estudio crítico que escribí para el libro que edité en 2002, a partir de los textos filosóficos y políticos del Marqués de Sade. Me agradó en gran medida que un escrito mío haya servido para algo. Y lo que más me interroga es si mi obra se acordará de mí, si es que se acuerda, por supuesto.  

9: “¿La rutina te aplasta?” ¿Qué rutinas te aplastan?

HPC: Quizá sea una contradicción lo que digo, pero apuesto a la rutina creativa, no a la mecánica o que se realiza por mandato propio o ajeno, salvo cuando cocino para alguna reunión de amigos o para mí; me gusta mucho cocinar porque lo encuentro un espacio creativo, mezclar sabores, experimentar con el antípoda dulce salado, elaborar conservas, me resulta muy placentero.

Lo que me parece rutinario e insoslayable porque atiende a cuestiones domésticas o necesarias para la subsistencia, las trato de resolver no dándole demasiada importancia, y ejecutándolas lo más rápido posible, con el afán de no invertir más tiempo de lo que merecen. El método que utilizo para que no me fastidien, es mientras las ejecuto, pensar en temas que me preocupan, haciendo disquisiciones, interrogarme sobre temas filosóficos o literarios, hablando en voz alta, la mayoría de las veces en completa soledad.

10: ¿Para vos, “Un estilo perfecto es una limitación perfecta”, como sostuvo el escritor y periodista español Corpus Barga? Y siguió: “…un estilo es una manera y un amaneramiento”.

HPC: Sí creo que es una gran limitación, si uno está supeditado a conservarlo rigurosamente sobre el esplendor que debe primar en el acto libérrimo de la escritura. Atenerse a un estilo voluntariamente o impostado lo considero una desgracia, no te permite entrar en la creación plena, con esa libertad que es la única condición que debe primar. El estilo lo da el trabajo hecho a conciencia y sosteniendo la motivación que te impulsa a escribir. Es una labor diaria letra por letra, palabra por palabra, se va construyendo, por lógica que en el comienzo es difícil reconocerlo por el lector o uno mismo, puede acarrear intertextualidades a veces muy dañinas, y algunas otras muy felices. Pero con el andar del crecimiento de la obra se va perfilando, pienso.

11: ¿Qué sucesos te producen mayor indignación? ¿Cuáles te despiertan algún grado de violencia? ¿Y cuáles te hartan instantáneamente?

HPC: Mayor indignación, la hipocresía de la iglesia católica ante los abusos sexuales contra niños y niñas, practicados por sujetos de la iglesia. Y ante la hambruna del mundo. Los abusos sexuales de toda índole, el femicidio, los abusos de poder y toda injusticia en general.

Me despiertan un grado de violencia, la violencia ejercida contra los niños, las mujeres, contra los animales y contra cualquier ser indefenso.

Me hartan la ignorancia voluntaria, cuando existen los medios para anularla, y la estupidez humana; a esto traigo a colación lo que decía Albert Einstein: “Dos cosas son infinitas: la estupidez humana y el universo; y no estoy seguro de lo segundo”.

12: ¿Qué postal (o postales) de tu niñez o de tu adolescencia compartirías con nosotros?

HPC: Cabalgatas de varios días a campo abierto, resereando con un zaino entre Buenos Aires y Entre Ríos o La Pampa, llevando tropilla de cabestro junto a otros muchachos amigos. Disfrutaba la libertad del viento pegándome en la cara, las charlas intrascendentes o no, hasta hacer noche en algún bosquecillo, alrededor de un fogón entre asado, ginebra y guitarras bien templadas.

Otra de las postales es una cabalgata de varios días en soledad, alternando entre el campo y la playa, desde Villa Gesell hasta Miramar. Durmiendo bajo las estrellas, leyendo y escribiendo algo así como un pequeño diario de viaje.

13: ¿En los universos de qué artistas te agradaría perderte (o encontrarte)? O bien, ¿a qué artistas hubieras elegido o elegirías para que te incluyeran en cuáles de sus obras como personaje o de algún otro modo?

HPC: En ninguno; ya tengo los míos, en parte inexplorados, como para andar perdiéndome en alguno ajeno. Sería como ponerme la ropa de un muerto, tratando de saber dónde están los bolsillos.

Y para la segunda, no deseo leerme como otro, la lectura en este caso, o verme dibujado o pintado no me seduce, perdería esa obra todo el encanto de lo desconocido. Porque en lo escrito como en lo dibujado si soy ese mismo que soy, al mismo tiempo me desvanecería como lector, o desaparecería como observador. Mataría al personaje de sólo leerlo u observarlo. Sería un suicidio. 

14: El silencio, la gravitación de los gestos, la oscuridad, las sorpresas, la desolación, el fervor, la intemperancia: ¿cómo te resultan? ¿Cómo recompondrías lo antes mencionado con algún criterio, orientación o sentido?

HPC: El silencio, imprescindible.

La gravitación de los gestos, y la lectura del cuerpo agregaría, para la franca comunicación, insoslayable.

La oscuridad, el espejo donde miro al mío mismo.

Las sorpresas, necesarias para devolverme a la insoportable cotidianidad, o algo se desajustó.

La desolación, la permanencia de la duda, un gran vacío a veces.

El fervor, una estupidez.

La intemperancia, una patología.

“A la gravitación de los gestos, sobreviene el silencio, interrumpido por la sorpresa del estúpido fervor, cayendo en la intemperancia. Luego la desolación me sumerge en la oscuridad.”

15: ¿A qué artistas en cuya obra prime el sarcasmo, la mordacidad, el ingenio, la acrimonia, la sorna, la causticidad… destacarías?

HPC: Eugène Ionesco, Raúl Damonte Botana “Copi”, Francisco Gómez de Quevedo, Dalmiro Sáenz, Omar Vignole, Oliverio Girondo, Juan Filloy. 

16: ¿Qué apreciaciones no apreciás? ¿Qué imprecisiones preferís?...

HPC: Para la primera pregunta, las que conllevan rasgos absolutos me paralizan y las descarto. En cuanto a la segunda, las que contienen dudas: éstas ponen en funcionamiento el pensamiento, y en crisis el conocimiento, de ellas se aprende.

17: ¿Viste que uno en ciertos casos quiere a personas que no valora o valora poco, y que en otros casos valora a personas que no quiere? ¿Esto te perturba, te entristece? ¿Cómo “lo resolvés”?

HPC: Todo esto es producto de las expectativas que ponemos en los demás, sin darnos cuenta ni analizar los límites que cada uno tiene al establecer la construcción de un vínculo con el otro.

Pienso que cada vínculo crece en cantidad y calidad a medida que se va cimentando por el conocimiento de la otra persona, o se quiebra o rompe si lo que percibo del otro no concuerda con mis valores humanos. Los vínculos tienen la característica, afirmaba Enrique Pichon-Riviere, de que se establecen desde diferentes niveles del aparato síquico, lo que me da para aventurar que puedo vincularme desde las zonas blancas, las grises o las negras de mi siquis con la del otro. Por eso cada vínculo es diferente a otro, no todos responden a la misma arquitectura, por eso valores y quereres van, a veces, contrapuestos, alineados, simétricos o asimétricos. No me perturba ni entristece, y lo resuelvo con toda la amplitud de criterio que me es posible. El error, tal vez, es tratar de cambiar al otro en función del vínculo imaginado o fantaseado con ese otro, ahí comienzan los conflictos.

18: ¿El mundo fue, es y será una porquería, como aproximadamente así lo afirmara Enrique Santos Discépolo en su tango “Cambalache”?

HPC: El mundo es como es, en todo caso es inmundo, o sea impuro, pero tampoco se lo puede considerar así, el mundo hecho por el ser humano es idéntico y lleva la marca de su creador, el hombre. Que es un cúmulo de imperfecciones, por eso existe, y respira, de lo contrario no existiría; me llama a impostura pensar un mundo perfecto, acabado y encuadrado en leyes inviolables, es utópico. No hablo de la naturaleza, que si quieres vive por sus contradicciones, igual que el mundo creado por los humanos.

Considerarlo “Cambalache” remite más a una concepción o postura política que filosófica. Es no percibir que el mundo todo ahora sí, es parte de un “caos” y no de un “cosmos”. Uno en la antípoda del otro, desorden absoluto, que por ser absoluto es un orden perfecto, que equilibra por la operación de sus contradicciones contra un cosmos perfectamente equilibrado con una movilidad basada en la especulación racional, la antípoda vida–muerte, blanco-negro, no hay grises, y el mundo es gris.

El caos en perpetuo movimiento y el cosmos con un movimiento previsible, de acuerdo a ciertas leyes que el hombre tiene la intrepidez y soberbia de abordar con su enclenque aparato cognitivo de lógica racionalista. Contra la aventura del pensamiento planteada por los acontecimientos que le devela el caos cuando y como quiere.

Opino que Discépolo no es la excepción, y que muchos han podido y pueden afirmar eso, pero creo que está más remitido a la idea de la finitud de la vida y la angustia que le provoca a todo “bípedo implume” que transite por este “valle de lágrimas” que es la vida en este mundo. Y necesita asirse a un código o dogma u orden para no entrar en la desesperación de haber conceptualizado e introyectado el sentido de la finitud de la vida. No por nada tienen tantos clientes las religiones que prometen aviesamente y muchas veces con fines non santos, la vida después de la muerte.

19: Por la fidelidad y entrega a una causa o proyecto, ¿qué personas (de todos los tiempos y de todos los ámbitos) te asombran?

HPC: El Mahatma Ghandi, Martin Luther King, Ernesto “Che” Guevara, Eva Duarte de Perón, Manuel Belgrano, Severino Di Giovanni, Antonio Gramsci.

20: ¿Qué te hace “reír a mandíbula batiente”?

HPC: La aparición repentina de algo insospechado que rompa con toda lógica. Lo formalmente estipulado por las normas y costumbres sociales, quebrado en el afán de profundizar el acatamiento de su protocolo, o sea, “ser más papista que el Papa”. Los juegos de palabras transformando su sentido por el cambio de una letra, sus combinaciones.

21: ¿Cómo afrontás lo que sea que te produzca suponerte o advertirte, en algunos aspectos o metas, lejos de lo que para vos constituya un ideal?

HPC: Los ideales son ideales, los veo como algo a futuro medio difícil de sostener en el tiempo e improbables de incorporar, entran en el terreno de lo inalcanzable y los dejo en una repisa a modo de un adorno más del mundo que me trasciende.

Las metas las construyo, son producto muy fuerte de mi deseo, y habiendo tomado cuenta del sitio y espacio que ocupan, consciente o inconscientemente las sostengo, tal vez con hechos coherentes o no, pero con la certeza de que nada tienen que ver con la auto exigencia o auto imposición, sino todo lo contrario, y es que la puesta en acto de la voluntad que las sostienen tenga identidad, respire y de alguna manera se materialice.

Es una construcción si quieres del mí mismo, y sus consecuencias. Esas metas que nacieron de mi deseo y mi voluntad, siempre he tratado que sean sin plazo prefijado, sino que fluya su concreción, que es el hito fundacional de cualquiera de ellas, y no al revés. Cuando comienzo a construirlas sólo tengo la voluntad, pero nada más, no tengo lo construido que es lo que deseo, necesito construirlo para que se materialice el hito fundacional, o sea, construyo para atrás, si quieres verlo así. Es como cuando los chamanes invocan a sus antepasados, invocan al pasado, para proyectarlo al futuro por su intermedio en el presente, pero el acto de invocación es, en realidad, para que se concrete en el futuro, ese futuro desde donde los antepasados lo escuchan y no desde el pasado. Depende entonces de la fortaleza de la voluntad que arriesgó y puso el chamán en la invocación, para que ésta se cumpla, y traiga al futuro, y lo sublime al pasado, ahí se realiza el acto fundacional.  

22: El amor, la contemplación, el dinero, la religión, la política… ¿Cómo te has ido relacionando con esos tópicos?

HPC: Con el amor, desbordado, aunque conservando cierta cautela.

Con la contemplación, adicto crónico.

Con el dinero, un desastre.

Con la religión, enemigo acérrimo.

Con la política, amante en permanente ida y retorno al lecho de los despropósitos, a pesar de que me costó un exilio no muy prolongado.

23: ¿A qué obras artísticas —espectáculos coreográficos, films, esculturas, música, pinturas, literatura, propuestas teatrales o arquitectónicas, etc.— calificarías de “insufribles”?

HPC: A todas aquellas que presumen de arte y son engendros deplorables, comercialmente inflados, y publicitando para ir deformando y no formando el espíritu estético del público. Tiene mucho que ver con aquello de “para contribuir a la confusión general” de Aldo Pellegrini. O todos aquellos espectáculos, muestras, filmes, que responden a algún fin político, y que, salvando honrosas excepciones, son verdaderos pastiches mediocres, que me producen una gran tristeza.

24: ¿Qué calle, qué recorrido de calles, qué pequeña zona transitada en tu infancia o en tu adolescencia recordás con mayor nostalgia o cariño, y por qué?

HPC: Las calles y las zonas aledañas o de la periferia de mi barrio de Flores. Por supuesto que te estoy hablando de hace sesenta años atrás, ahora lo desconozco, ya no es ese mi barrio. Y el porqué, se me ocurre por las vivencias primeras de sus arboledas, sus casas que databan de la época de la colonia prácticamente, cuando Flores era el lugar de veraneo de mucha gente que venía desde las zonas aledañas al puerto. Ojo, esto me lo refería mi abuela, de cuando había calles de tierra. Lo que yo conocí eran casonas que habían quedado de aquella época, y las calles ya estaban adoquinadas, con adoquín de piedra y de quebracho. Mis viejos nacieron y vivieron en Flores casi toda su vida. La casa de mis abuelos paternos estaba en la calle Bogotá 3145, que siendo pibe la pude conocer por dentro, cuando ya la familia la había vendido hacía varios años. Esa fue una experiencia inenarrable, que llevo muy prendida en el zurdo, porque a pesar de haberse convertido en un hotel, estaba muy poco modificada, de acuerdo al relato de mi padre. La casa de mis abuelos maternos estaba enfrente, así se conocieron mis viejos, esa casa ya no existía cuando conocí la otra.

En este barrio nacieron muchas o casi todas las facetas de mi personalidad: la política, con unos vecinos anarquistas, otros comunistas y otros peronistas. La escritura, el dibujo, no así la pintura, que fue más tardía en aparecer, lo mismo que la escultura en madera y el grabado xilográfico. Ahí contraje los primeros amores, y las primeras decepciones producto de mi introversión y timidez. También mis primeros ataques de asma y, como contradicción, mi adicción al tabaco. Este barrio me marcó para siempre, a pesar de haberme ido de mi casa a trotamundear a los veinte años.

25: ¿Cómo reordenarías esta serie?: “La visión, el bosque, la ceremonia, las miniaturas, la ciudad, la danza, el sacrificio, el sufrimiento, la lengua, el pensamiento, la autenticidad, la muerte, el azar, el desajuste”. Digamos que un reordenamiento, o dos. Y hasta podrías intentar, por ejemplo, una microficción.

HPC: “De la ceremonia de las miniaturas, el bosque danza el sacrificio de la ciudad que se debate en el azar de su autenticidad ante la muerte. Infringe el necesario sufrimiento a las capitales del ocio, y su desajuste a la brevedad del pensamiento.”

26: “Donde mueren las palabras” es el título de un film de 1946, dirigido por Hugo Fregonese y protagonizado por Enrique Muiño. ¿Dónde mueren las palabras?

HPC: Las palabras no mueren mientras exista un hablante o quede un registro escrito, cuando la especie humana no exista. Mueren las personas.

27: ¿Podés disfrutar de obras de artistas con los que te adviertas en las antípodas ideológicas? ¿Pudiste en alguna época y ya no?

HPC: Sí, ahora y hace ya años, cuando supe separar ideología de arte. Te doy como ejemplo a Jorge Luis Borges, Giuseppe Ungaretti, Salvatore Cuasimodo, Ezra Pound, Pablo Picasso, Richard Wagner.

28: ¿Cómo te cae, cómo procesás la decepción (o lo que corresponda) que te infiere la persona que te promete algo que a vos te interesa —y hasta podría ser que no lo hubieras solicitado—, y luego no sólo no cumple, sino que jamás alude a la promesa?

HPC: A esa persona la considero un imbécil, soy muy estricto respecto de esto, así como lo soy para mí mismo. No voy, en un caso así, a reclamarle su promesa, por el contrario, no aludiré al hecho en ningún momento. Considero que la indiferencia es el mejor tratamiento del hecho, pero a esa persona le bajo el pulgar, estimo que el vínculo está herido de tal forma que no se puede reconstituir. Como decía mi padre, a esa persona “se le juega, pero no se le lleva....

29: No concerniendo al área de lo artístico, ¿a quiénes admirás?

HPC: Napoleón Bonaparte, José de San Martín, Nikola Tesla, Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Srinivasa Aiyangar Ramanujan, Fidel Castro, Ernesto Guevara de la Serna, María Eva Duarte, Rosario Vera Peñaloza. 

30: ¿Tus pasiones te pertenecen o sos de tus pasiones? Pasiones y entusiasmos. ¿Dirías que has ido consiguiendo, en general, distinguirlos y entregarte a ellos acorde a la gravitación?

HPC: Mis pasiones me pertenecen a partir de que mi conciencia crítica llegó a su adultez. Antes —soy honesto— intentaron dominarme y, a veces, lo lograron, aunque siempre puse una distancia prudente para minimizar las consecuencias.

De los entusiasmos, puedo decir que me acompañó la cautela; tratando de no ofender la susceptibilidad de tan distinguida dama, los pude controlar.

A unas las he distinguido después que los otros, y siempre estuvieron relacionados a la gravitación de los acontecimientos y sus características. Supe distinguir de los hechos su verdadera importancia, y de los acontecimientos la incidencia que gravitaban en los actos que me pertenecían. Hoy practico un escepticismo nocivo para algunos, pero de muy buen resultado terapéutico para mi vida, aunque no estoy exento de grandes broncas conmigo mismo en algún momento. Siempre he sido muy crítico de mí mismo.

 31: ¿Qué artistas estimás que han sido alabados desmesuradamente?

HPC: A los mediocres, y los hay muchos. Es un tema de mercado editorial, hablando de literatura. Tal vez a Gabriel García Márquez, por sus “Cien años de soledad”, del ‘67, sin ser mediocre, aunque no deja de remedar al “Señor presidente” de Miguel Ángel Asturias, del año ‘46.

32: ¿Acordarías, o algo así, con que es, efectivamente, “El amor, asimétrico por naturaleza”, tal como leemos en el poema “Cielito lindo” de Luisa Futoransky?

HPC: Es un poema excelente, aunque no soy muy lector de Luisa Futoransky.

Cuando te contesté otra pregunta anterior, hablé sobre los vínculos que establecemos con el otro dentro de nuestra misma cultura y con el otro cultural.

El amor como cualquier otro vínculo, pero uno de los más relevantes, sino el más importante, por las connotaciones sociales que tiene, y como individuos.

Indudablemente es asimétrico, no creo ni conozco ningún vínculo amoroso entre dos personas que sea cien por ciento empático. El tema no es lineal, sino fluctuante, por eso es importante ver y comprender desde dónde nos enamoramos de alguien, qué nos enamora del otro, y qué no. Esto redunda en el mejor conocimiento del otro como beneficio secundario a tener muy en cuenta.

Pienso también que para que haya amor debe haber una tensión, y esa tensión se da por la misma asimetría, o sea que hay zonas de mayor fuerza que establece el vínculo en uno de los dos enamorados, y de menor potencia o fuerza en el otro; esa tensión asimétrica es la que permite una corriente de sentimientos y sensaciones que construyen y robustecen el vínculo en lugar de debilitarlo, aunque existan aspectos contrapuestos, éstos, creo, se equilibran justamente con el mayor grado de voluntad por el conocimiento del otro.

33: ¿El amanecer, la franca mañana, el mediodía, la hora de la siesta, el crepúsculo vespertino, la noche plena o la madrugada?

HPC: El amanecer seguido de la franca mañana, para escribir. Es cuando tengo la cabeza limpia de cuestiones de la mediocridad cotidiana. La noche plena para apuntar ideas y pensamientos que voy a utilizar para escribir más adelante.

34: ¿Qué dos o tres o cuatro “reuniones cumbres” integradas por artistas de todos los tiempos y de todas las artes nos propondrías?

HPC: Te voy a contestar con el inicio de un poema de mi último libro, “Relatos 3”, todavía en elaboración:


Diferencias filosóficas

Henri Cartier-Bresson discute con Zenón de Elea

Hume discrepa con Platón

Parménides está entusiasmado con Bergson

Descartes conversa con Telémaco pero discute con Sartre

Aristarco discrepa con Goethe

Nietzsche recrea la vanidad de la obsolescencia

Jung se putea con Foucault, y Freud

se la chupa.


Y la otra reunión cumbre que se me ocurre como fundante, sería:

Platón, Nicolás Maquiavelo y Giuseppe Tomasi di Lampedusa, diseñando el tratado o manual de “pensamiento, operatividad y ejecución para el gobernante perfecto”.


35: Seas o no ajedrecista: ¿qué partida estás jugando ahora?

HPC: Un gambito de dama alterativo, muy complicado pero placentero.

 

 

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Cuestionario respondido a través del correo electrónico: en las ciudades de San Justo y Buenos Aires, distantes entre sí unos 27 kilómetros, Horacio Pérez del Cerro y Rolando Revagliatti.