lunes, 27 de abril de 2009

El oficio de “tallerear” textos

Por Lidia E. Caraballo

Entre libros dispuestos en estantes de madera y el movimiento de los que visitan el café o buscan un título cualquiera, un grupo de conocidos y amigos, artistas de diversas disciplinas: escritores y poetas inéditos, algunos que ya cosechan su primer libro [autopublicado o no], con premios [o sin ellos], con [sin] cartas de rechazo -entre otros intentos a cuestas, y artistas visuales que se aventuran a escribir, se reúnen para dejar que el prójimo revise sus textos.


La reunión mensual espera por los que degluten platillos en el café o llegan tarde, mientras el resto acomoda sillas formando un círculo y en una hoja informal se pasa revista del orden de llegada de los participantes. La lectura seguirá esa misma disposición. Por fin los concurrentes se comienzan a sentar y se eligue al moderador de la sesión. Alguien lee las reglas del taller al mismo tiempo que los demás se saludan, comentan sobre los zapatos, la ropa y el peinado de su vecina de silla.


El orden, que indudablemente apasiona al hombre desde el inicio del tiempo, no se alcanza con reglas escritas. A pesar de que las reglas del taller son bastante claras… se pueden sumarisar en: mantener el respeto hacia el trabajo ajeno, no interrupciones mientras otros leen o emiten su opinión, no defenderse de las opiniónes recibidas, entre otras. Sin embargo, llegado el momento de la crítica, el autor cree necesario defender su trabajo, o el que emite una opinión, defender la misma del otro que estima lo contrario. El tiempo limitado, entre dos horas o dos horas y media, lamentablemente se pierde en comentarios repetitivos y defensas inútiles. A los últimos lectores no les queda más remedio que pasar por alto las normas, leer de prisa y recibir un mínimo de atención.


¿Qué provoca el conflicto, la digresión? Si el texto se observa como algo “mío”, que me pertenece y me califica, se produce invariablemente esa actitud defensiva. Pero si por el contrario, el texto es visto como un ente separado, que no prueba ni clasifica al autor [al menos en el momento de recibir la crítica] entonces éste se sentirá libre del juicio y lo escuchará atentamente sin intervenir. Al fin y al cabo, una opinión es sólo eso: un juicio emitido en el cual subyace el factor subjetivo del que lo emite, o sea, una opinión no es un veredicto absoluto sobre el autor o su obra.


La actitud que salvará este taller es la tolerancia ante las diferencias y el respeto absoluto. Nadie quedará absuelto de recibir en su momento una crítica constructiva, como tampoco estará excento de algún comentario absurdo, pero el hecho de verlo como tal no tiene que devenir en discusión, no es ese el fin de “tallerear” textos apuntalados entre el movimiento natural de una libreria. El fin del taller, al menos el que le he encontrado después de pasar por tantas batallas, es el de preámbulo o laboratorio para observar las reacciones que puede despertar un texto antes de parirlo al mundo.

El Taller Setra/Artes se reúne en Books and Books, Coral Gables, el tercer jueves de cada mes a las 7:30 p.m.

viernes, 24 de abril de 2009

23 de abril: Día Internacional del Libro


Por Eduard Reboll

El primer libro que pasó por mis manos se llamaba Mundo Infantil. El autor debía ser el contable de la editorial porque, a parte de mapas troquelados, e imagenes exóticas, contenía una serie de estadísticas económicas sobre los países del mundo sin apenas precisión y con muchos dibujos. Por supuesto no tenía autor (... que yo recuerde) y sólo lo utlilizaba con una linterna durante las noches de verano cuando me tapaba con una simple sábana blanca en el lecho a imaginarme un día en el desierto de Gobi y otro bajo la espesura del arbusto y la humedad en la Amazonía. Ni los viajes y aventuras de Julio Verne, ni David Copperfield, ni Oliver Twist, o Miguel Strogoff pudieron con este libro tan barato y con poca sustancia. Después, que me llamara la atención en la iglesia, se encontraba La Historia Sagrada: la fascinación por Judea, el Monte Sinaí, la historia de Lot, la petición de Dios a Abraham de matar a su progenitor, Herodes...Y ya dentro del campo literario el primero que recuerdo fue La Busca de Pio Baroja, La Regenta de Clarín, La Peste de Camús . Mi profesor de literatura era una sujeto impredecible igual me pegaba una torta por hacer el payaso en público, que me llevaba a su casa a contemplar su original mesa porque decía que yo sabía apreciar lo diferente. Girada al revés con las cuatro patas hacia arriba y la tabla en el suelo, la susodicha sostenía una espesa plancha de vidrio verde. Encima, unos pocos libros de teatro entre ellos Ronda de mort a Sinera de Salvador Espriu y La escalera de Buero Vallejo, un plato de garbanzos con los huesos de la carne por roer, un vaso corto de vino tinto y un cenicero con un cigarrillo encendido de la marca ducados: “ El humo ayuda a comprender aquello que no se quiere advertir en un libro” me decía el maestro Rovira con sus espejuelos de botella y unos labios quemados por la nicotina y el frío. En el hogar familiar, en la mesita de noche de mi madre, descansaba entre otros novelas extrañas, Al filo de la navaja de Sommerset Mogan o Las confesiones de San Agustín. Y en la de mi padre Como ganar amigos de Dale Carnegie, precisamente no porque no los tuviera, sino para atraer a otros a su negocio de venta al por mayor de frutas y vegetales. El abuelo leía ensayos sobre Ortega y Gasset y la abuela no pasaba de leer a nuestra recien difunta y maestra de la novela rosa Corín Tellado. A los veintiuno, durante el servicio militar, empiezan mis verdaderas lecturas...pero esto lo guardo para el 23 de abril del próximo año. Por cierto hoy no se olviden de comprar un libro...es la tradición y en mi país, Catalunya, las mujeres, además, reciben una hermosa rosa roja.

miércoles, 22 de abril de 2009

El útero de la nada

"Sólo la Nada penetra en donde no hay espacio."
Lao Tse, Tao Te King





I


En tu silencio amniótico se coagula el sonido,
ajeno a ti como mermado de permanencia,
y el tiempo se deforma en múltiples burbujas vacilantes,
transmuta la luz su arabesco nebuloso,
pasa, detenida en tu distancia, una luna.
Todo es impulso, el movimiento es falso.
¿Cómo saber que existes desde la nada?




II



Desdoblada en nulidad
cohabitas con lo posible,
ínsula entre vahos y latitudes fluidas,
cúmulo de hálito recordado,
soledad de un destino pleno
-ciega certidumbre de la piel
y el duende del corazón.




III


Coexistes con la pulsión
desde el epicentro de la nada.
Deshechas las formas
el ser se adentra en el mar
y es consumido por su inmanencia.
Creas, con letanía de procesión,
un cuerpo blando
—hecho del mineral del albor,
y has de nacer un día,
lejos del nombre y los cantos,
en el único claustro.


Por
Lidia Elena Caraballo

lunes, 20 de abril de 2009

Hechizo de Luna


Por Blanca B. Caraballo


Luna negra sobre el valle

torsos de amantes las rocas

pasos sonámbulos

labios que salieron a buscar

sueños de mareas húmedas

la salamandra de una espalda

libro de sombras la piel

grimorio de sangre, aliento

se ofrece la flor carnívora.


jueves, 16 de abril de 2009

Nos preocupa Lucio

Por Gabriel Impaglione

Despertaba con un largo ronquido, ciertamente feroz, que se extendía lentamente hasta ocupar la casa. Luego, como si se tratara de un cachorro de lobopial, con todo lo que se sabe de su infinita ternura cuando amanecen al amparo de la madriguera sobre la mullida alfombra de vellones, abría los ojos de repente y se rascaba la cabeza.

Nunca se quejó del riguroso horario que imponía el cuidado de la especie y las tantas responsabilidades de la hacienda.

Ese lunes, luego del desayuno, no se calzó las botas de andar por el monte ni el cuchillo en el cinto. Salió descalzo a mirar el jardín y calcular el tiempo.

En días de lluvia los lobopiales no se aventuran al exterior. Y aunque todavía a la distancia no se advierta la llegada del aguacero, los bichos ya duermen cubriéndose con sus colas de zorro y resoplando silbidos casi imperceptibles.

Tardaría Cristina en traer los bidones de leche tratada. Ella sabe que cuando hay agua en ciernes no comen nada. Yo, en cambio, siempre creí que esas pobres criaturas no hacían más que rebelarse al tratamiento carcelario que soportaban. Lo habíamos hablado con Lucio tantas veces. Desde el último ataque dormía vestido, sólo me quitaba los zapatos, y a media mañana, terminada la faena gruesa, volvía a la casa a ducharme y cambiar la ropa. Lucio siempre fue un excelente contador de cuentos, y su especialidad, los chistes relacionados con la naturaleza, era parte de nuestra tradición recreativa sobre todo bajo los aguaceros que solían extenderse varias semanas sobre el caserío.

No había más de doce viviendas, pequeñas, blancas, de suaves ventanas bajo los alerces. La gente vivía de su trabajo en la ciudad, salvo un matrimonio de ingenieros agrónomos que instaló un criadero de sarquídeas moras en su terreno y, no sin esfuerzo, logró colocar toda la producción para una fábrica de candados de Eslovaquia.

Lucio aceitaba un engranaje de la desobstructora general cuando las primeras gotas se hicieron oir con vehemencia sobre el techo de zinc de la casa. Yo lavaba los bebederos frente a la ventana de la cocina, aprovechando para echar el agua del enjuague, rica en nutrientes, sobre la doble hilera de mursalas que eran la verdadera pasión de Cristina.

Ella, todas las tardes al caer el sol, salía con un colador de té a recoger la mínima hojarasca de esos arbustos erguidos como niños flacos. Luego ponía en remojo las delicadas cintas grises que, cuando comenzaban a soltar breves burbujas aceitosas, batía en la procesadora con un puñadito de azúcar, una manzana cortada en dados pequeños y a veces hielo picado. Con qué placer rugía sonriendo cuando su bebida era pronta.

Pero ahora que la lluvia arreciaba, Cristina no hacía más que lamentarse por no haber juntado la hojarasca antes. Nos reímos tanto con Lucio. Ella en tales circunstancias no tenía otra salida que aceptar los mates de él y mis buñuelos de banana.

Lucio a veces dejaba escapar del viejo tocadiscos melodías que, lo supimos luego, sedaban a los lobopiales de manera increíble.

Nos dimos cuenta tarde, después del ataque. Cristina lagrimeando cambiaba la venda a Lucio, que mejoraba lentamente. Esa vez fui yo quien para cumplir el rito de Lucio puso un disco. Entonces la música. Una balada de Miles Davis... y colándose entre las notas melancólicas de la trompeta, uno a uno los agudos alaridos de las bestias que fueron transformándose en lánguidas sombras de un rumor que acabó diluído en nuestra sorpresa. Todos nos miramos, incluso Teresa que estaba a punto de partir y no se movía entonces de la casa, tal vez por el pánico, o la herida que aún le daba impresión cuando caminaba; contuvimos la respiración, mirándonos casi de reojo, sin movernos.

Cristina, que tenía cierta ansiedad o angustia que la movilizaba a extremos insospechables, destrabó el seguro de su Colt y salió rumbo a la zona de madrigueras. Sentimos un silbido como rayo y antes que se perdiera su pincelada de plata estábamos junto a ella. Inmóvil señalaba las madrigueras, mientras contenía sus reflejos en la culata brillante.

Las bestias dormían estiradas, una junto a otra, abrazándose con las enormes colas de zorro, emitiendo un rumor filoso casi imperceptible que lo hallé parecido a cierto viento del sur que se cuela entre las cañas del secadero de tupardas que Lucio construyó en el fondo.

Teresa, antes de irse, nos dejó diagramado el plano para la red de parlantes. Reía. Bueno, todos reímos, en realidad. Fue la primera y única vez en todos esos años que Teresa utilizó conocimientos de su especialidad como Técnico en Audio y Video, en lo que ella llamó el increíble fin de todos mis esfuerzos como estudiante para musicalizar las dormilonas de unas tristes bestias escamosas.

De haber tenido antes la información hubiéramos evitado tantos dolores de cabeza. Pero Lucio no se hacía demasiados problemas. Cristina tampoco.

Con el tiempo terminaron enamorándose. Yo lo veía venir... tanto tiempo juntos, preparando almácigos de sáricas verdes en el fondo, o la leche tratada para los lobopiales... ya lo sabía, aunque nadie dijera nada.

Cristina tenía además una especial curiosidad por las cosas. Siempre admiré esa virtud, sí, es un condición admirable animarse a tantas preguntas. Como si uno no tuviera ya demasiadas.
Teresa tomó largas vacaciones, sanó completamente de su pierna y pudo terminar el doctorado. Ahora está a cargo del Laboratorio de Especies Acuáticas de la Universidad de Belgrado, cada tanto me escribe, manda unas postales que al abrirse emiten sonidos que remiten, indudablemente, al ronco despertar de un lobopial cachorro. Siempre dijimos que era flor de cachada para Lucio, aunque Teresa jamás lo admitió y el mismo Lucio se divierte con la idea, claro.

He descubierto en los últimos meses, luego de repetidos análisis de cierta caspa que sueltan en épocas de celo, que los lobopiales, como sospechábamos con Cristina, son sensibles al polen de las mursalas.

Estamos preocupados. Tres muertes en dos meses es un promedio alto para el índice de mortalidad que naturalmente se registra en estas bestias.

Tratamos de mejorar la leche con algunos compuestos que creemos anularán la incidencia del polen en sus organismos.

Pero no encontramos solución para Lucio. Hace varios días que se siente desganado, y por toda palabra emite un silbido delgado, poroso, semejante al de los lobopiales machos que estan agonizando.

martes, 14 de abril de 2009

Poema en tres idiomas por Gabriel Impaglione

Che aquí allá
¿quién habrá de juntarte otra vez?
-Juan Gelman



He vist la teua boca
multiplicada en la caravana dels lliures
en les taules compartides de les biblioteques
i els teus peus a la sendera dels solcs urgents.
He vist el teu braç fèrtil tibar l’avenir ça i lla,
i el teu braç d’aigua allargar-se a tots els homes de la terra.
I els teus ulls en la nit tancada, en la nit
violenta de les injustícies.
He vist al centre del dia el teu cor al galop
un pam de la teua pell
composar la cicatriu del company.
He vist davall de les camises gastades d’abraçar llum
els teus pulmons cansats
i a les vores de tots els rumbs
les flors silvestres del teu xiulit.
I en cada infant el teu somriure desafiant la mort
i les teues mans enfilades a la ferramenta, al cel
en flames, al vent ingovernable, a les campanes.
He vist
en cada un de nosaltres
un gest teu que ens agermana
la tendresa que ens tempera.

Qui casa a casa cridarà a composar-te
en l’hora infinita?


Traducción al catalán: Pere Bessó







He visto tu boca
multiplicada en la caravana de los libres
en las mesas compartidas de las bibliotecas
y tus pies en el sendero de los surcos urgentes.
He visto tu brazo fértil tensar el futuro aquí, allá
y tu brazo de agua alargarse a todos los hombres de la tierra.
Y tus ojos en la cerrada noche, en la noche
violenta de las injusticias.
He visto en el centro del día tu corazón al galope
un palmo de tu piel
componer la cicatriz del compañero.
He visto debajo de las camisas gastadas de abrazar luz
tus pulmones cansados
y en las orillas de todos los rumbos
las flores silvestres de tu silbo.
Y en cada niño tu sonrisa desafiando la muerte
y tus manos trepadas a la herramienta, al cielo
en llamas, al viento ingobernable, a las campanas.
He visto
en cada uno de nosotros
un gesto tuyo que nos hermana
la ternura que nos templa.

¿Quién casa por casa llamará a componerte
en la hora infinita?







Ho visto la tua bocca
moltiplicata nella carovana dei liberi
nelle tavole condivise delle biblioteche
e i tuoi piedi nel sentiero degl’ urgenti solchi.
Ho visto il tuo braccio fertile tessere futuro qui, là
ed il tuo braccio d’acqua allungarsi verso tutti gli uomini della terra.
E i tuoi occhi nella chiusa notte, nella notte
Violenta delle ingiustizie.
Ho visto nel centro del giorno il tuo cuore al galoppo
Un palmo della tua pelle
Comporre la cicatrice del compagno.
Ho visto sotto le camicie logore dall’abbracciare luce
I tuoi polmoni stanchi
E nelle rive di tutte le direzioni
i fiori silvestri del tuo fischio.
E in ogni bambino il tuo sorriso sfidando la morte
E le tuoi mani arrampicate alla ferramenta, al cielo
In fiamme, all’ ingovernabile vento alle campane.
Ho visto
In ognuno di noi
Un gesto tuo che ci affratella
La tenerezza che ci tempra.

chi casa per casa chiamerà a comporti
nell’ora infinita?

lunes, 13 de abril de 2009

Todas ellas me habitan

Por Isabel Zerpa



Me quedo con las fantasías.
Me quedo con los intentos fallidos que nos llenan el alma y la piel.
Me quedo con la nostalgia, con la música, con las canciones,
con estas palabras
que nunca leeré en voz alta.

Me quedo con ese lugar común de “lo que pudo haber sido y no fue”.
Me quedo con la fábrica de sueños,
con la fuerza entrecortada del deseo velado,
con el suspiro inacabado,
con la sonrisa convertida en mueca.
Me quedo con la puñalada feroz.

Me quedo con los gritos de mis entrañas silenciadas
por el miedo a descubrirme, a descubrirte,
a que me descubras, a que nos descubran,
al descubrimiento.
Me quedo contigo, amante imaginario,
construido a fuerza de ausencias,
concebido con brazos amorosos,
besado y devorado en cálidos días de agosto.
Me quedo con tu piel de durazno.
Me quedo con el sueño de tus pasiones desbordadas,
guardadas celosamente en cada celda de mi imaginario.

Me quedo conmigo, insensata
intensa soñadora,
amante desbocada
arbolaria,
tierna, apasionada,
de cristal y de madera,
delicada y destructora,
de agua y fuego,
de arena y barro.

Me quedo conmigo,
mujer de verdad y de mentira,
de aire y piel,
de hierro forjado y de temblores almibarados.

Me quedo con mi sexo,
inundado y quejumbroso,
mar profundo de olas juguetonas,
salobre y enigmático.
Me quedo con mi cuerpo accidentado, inquisitivo e intenso,
con mi piel experimentada y signada de experiencias.
Me quedo con mi arquitectura sinuosa y contradictoria,
con mi carne, marcada por lo que la vida me ha regalado,
incluyendo todo lo que he perdido.

Me quedo con mis huesos que sostienen todo lo que soy y lo que quisiera ser.
Me quedo con mi boca que ha degustado placeres y dolores.
Que ha pronunciado palabras sencillas y silvestres.
Y ha proferido frases lapidarias.
Me quedo con mis labios
que han besado y han quebrantado promesas.

Me quedo con todas las mujeres que me habitan:
con la intelectual que analiza,
que investiga, que escudriña, que trata de buscar sentidos y verdades
aunque la mayoría de las veces no los encuentre;
con la monja que aprendió a rezar y busca a Dios por compañero
y lo encuentra
a pesar de ella misma.

Me quedo con la meretriz que nunca me abandona,
que besa, que muerde, que araña, que goza, que sufre, que ríe, que llora, que engaña, que encanta.

Me quedo
con la aprendiz de novicia adolescente,
que jugaba a ser monja,
potencialmente mujer desaforada,
negándose a sí misma,
confundida en retiros espirituales y convivencias religiosas.

Me quedo, con el demonio que en el convento alborotaba mi falda y profería herejías, (diciéndome verdades al oído,
gritando otras que yo alguna vez he repetido.
Me quedo con los otros demonios que se proyectan a través de mí,
en mis actitudes y respuestas.

Me quedo con la síntesis de todas las mujeres que viven en mí.
Me quedo con lo mejor y lo peor de cada una de ellas,
con sus momentos sublimes y con sus fracasos.

Me quedo especialmente con la niña,
que juega con cada una de estas mujeres
y escoge ser una de ellas, según soplen los vientos de su alma.
Me quedo con todos los espacios lúdicos de esta mujer que nunca renunciará a ser niña.
Y con esta niña que ha sentido el placer y el dolor de ser mujer.
Me quedo con todos los espacios insólitos donde esa niña y esa mujer que viven en mí,
se enfrentan y se reconcilian,
al punto de no separarse y fusionarse sin reservas
indistintamente
de cada acción acometida,
de cada decisión tomada,
de cada entrega de la piel y del intelecto.

Me quedo con la bruja que dirige mi vida todos los días.
Me quedo con mi ser intuitivo y mis sueños premonitorios.
Con el Mago Merlín que vive en mi corazón.
Y con las brujas de Salem sacrificadas en todas las ocasiones
donde no soy comprendida y no soy capaz de comprender a los demás.
Me quedo con los sortilegios, con las infusiones y con todos y cada uno de mis despojos.

Me quedo con mis vestidos de flores y mis pulseras.
Con los aires de gitana que alguna vez me envolvieron.
Me quedo con mis añoranzas y mis saudades.
Con el ritmo de la zamba y mis amantes furtivos.
Con el canto del agua y mis fantasías marinas.

Me quedo con mi Dios y con todas mis infidelidades.
Con mi madurez tan cercana a mi infancia.
Me quedo con mi infancia,
plena de sonrisas y preñada de angustias,
con los juegos de té, con las muñecas de papel y los trencitos de madera.
Me quedo con las navidades rotas y
con mis caleidoscopios,
con mi mundo de cristal
donde se transparentan todas mis culpas y todas mis alegrías.

Me quedo sin fórmulas ni protocolos.
Descubro mi cuerpo y mi espíritu desnudos.
Y los dejo reposar sobre estos versos escritos
en la tierra mojada.
Hundo mis pies en la arena tibia y reposada del atardecer.
Y finalmente
descubro el sentido de la felicidad.




Caracas, 1 de noviembre de 2007
Publicado en Colección Gaviotas de azogue 82, abril de 2009, Madrid, España

martes, 7 de abril de 2009

Florida Children and Families Department

Por Judith Ghashghaie

Raining day, con martini en mano podría leer “La lírica del crápula”; ver programa de Jaime Bayle; ser voluntaria en el Mount Sana-Ay o hacerse la Mangüela. Pero no, ella se siente deprimida.

Chico de once años, vestido como enano, en vez de fumar porro o ingeniárselas como los otros para ver alcachofas a las de la escuela, toca insistentemente timbre. Mujer con dificultad baja de silla; camina con desgano, abre puerta. Niño, da papel doblado; ella lee, llora, sonríe. Ambos se abrazan, se van a la calle tomados de las manos.

Pareja con semejante tiempo puede agarra pulmonía; ser victimas de sádicos y asesinos. Toca a mi puerta para traer esa expresión de idiotas felices y el mismo folletito.

Voy a llamar a Florida Children and Families Department para denunciar al progenitor de quien interrumpió el segundo suicidio en el vecindario.

lunes, 6 de abril de 2009

De sueños y ficciones

Por Alejandra Ferrazza


Tuve el encuentro con Jorge Luis en una confitería de esas que se encuentran en cualquier esquina de Buenos Aires.

Me acerqué tímidamente cuando lo reconocí. Estaba solo, sentado en esa posición que le era suya: las piernas cruzadas y las manos apoyadas sobre la curva del bastón.

Parada frente a él, sentí que había notado mi presencia y le dije: Señor Borges…

Él giró la cabeza levemente mientras sus ojos se perdían sin voluntad en un punto para él inexistente.

- ¿Dígame…?

- Señor, siempre quise conocerlo…he leído sus libros, lo admiro profundamente.

- ¿Perdone, siempre quiso conocer a Borges…o a mí?

- A usted, al maestro, o ¿acaso no son una misma persona?

- No lo sé – me dijo- es un duelo que existe entre los dos.

- ¿Espera a alguien?

- Puede ser, hace mucho que espero y ya no recuerdo qué. No sé dónde estoy y si me voy, tampoco sé a dónde dirigirme.

Se levantó y preguntó:

- ¿Qué hora es?

- Son las nueve.

- Déjeme guiarlo – le dije- y lo tomé del brazo.

Juntos caminamos sin destino, mientras él me contaba de su niñez en el barrio de Palermo, de su institutriz británica Miss Tink y de los malos ratos en cuarto grado, cuando sus compañeros se burlaban de él por los lentes y el estilo de ropa con que los padres lo enviaban a clase.

También me habló de sus veranos en Adrogué o en casa de sus familiares uruguayos.

Le pregunté de Argentina, hacía mucho que yo faltaba del país.

“Creo que la República Argentina no puede ser explicada. Es tan misteriosa como el Universo”.

Seguimos caminando en silencio por un largo rato y comenzó a llover.

Me dijo: podemos refugiarnos en un lugar que yo conozco…y me dejé guiar por su ceguera.

Llegamos a una casa, dentro de ella y tomados de la mano la recorrimos. Entramos en una habitación llena de espejos y nos vi reflejados infinitamente, pero cada reflexión era una secuencia de nuestros movimientos, él me dijo: cada espejo representa el tiempo y nosotros somos una realidad dentro de otra en cada uno de ellos, pero así como el tiempo no existe, tampoco existen estas realidades y lo que vemos tal vez sea un sueño.

Increíblemente él me guiaba, atravesamos uno de los espejos y caímos por una escalera, con tanta levedad que no tocábamos los escalones, parecía que estábamos volando en la caída. Tocamos el piso con suavidad y al abrir los ojos vi todo lo que tenía que ver: el conjunto infinito, el espacio cósmico en sí mismo. El Universo desde todos sus puntos.

Su mano en mi hombro me sacó muy delicadamente del asombro para seguir el recorrido, y me guió por senderos bifurcados, bibliotecas infinitas, laberintos, espejos velados…hasta terminar en una calle de Buenos Aires, donde nos encontramos con un Borges joven que no reconocía al octogenario que se plantaba frente a él, desafiando toda ley.

Y allí los dejé uno frente al otro, como en un duelo, mientras yo me alejaba de esa ficción, una más dentro de las tantas ficciones de esta realidad, tal vez el sueño de algún Dios.

Eran las nueve y un minuto.

sábado, 4 de abril de 2009

El mundo anti-circular (historia en progreso para próximo taller)

Imaginemos un mundo sin la repetición, sin antes y después, un mundo donde el círculo no se conoce y por tanto, no se puede concebir el tiempo circular, ni las estaciones… ni la vida y la muerte. De este mundo en eterno presente nos llegan estos personajes. Acumulación de infancia, sin ser comienzo sino constancia lineal. Asombro en ojos de autenticidad casi malsana. Cabezas que son buzos aniñados; seres metamorfoseados con pelos larguísimos, que a la vez son redes y llevan peces atrapados aún; cuerpos desmembrados —nunca formados completamente o genéticamente alterados como las réplicas de Blade Runner.

Infancia abortada en una sofocante adultez y su interminable circo. No se regresa en la vida del hijo porque no hay retorno, ni es posible la reproducción. Estas criaturas que parecen salidas de un cómic fantástico, nos cuentan su mundo desde un orfanato —sus historias infantiles prostituidas, su inocencia vendida al mejor postor. Al final, como en el Oscuro pájaro de la noche, el encierro da vida a un mundo deformante. Para no sentir el peso de la infancia deshecha, dejamos la asfixia para otro día, otro sol.

LidiaElena©

viernes, 3 de abril de 2009

Bailarines por Omar Villasana

Sus pies,

dibujando con sutiles pinceladas,

acordes sobre la pista de baile.

Los dedos rozan las cinturas

induciendo giros precisos.

Miradas,

caderas.

Un nudo mágico

que al estrecharse

no se enreda.

Dos cuerpos acompasados

por una misma voluntad.

Silencio.

Un tímido beso de agradecimiento

y

dos extraños que se pierden en la noche.


Omar Villasana

Nacido en la Paz, Baja California Sur México, el 7 de enero de 1972. Egresado de la Carrera de Ingeniería Biomédica de la Universidad Iberoamericana. Actualmente radica en Sunrise, Florida donde labora como Especialista de Resonancia Magnética y Tomografía Computarizada para la Zona del Caribe. Miembro de Proyecto Setra, autodidacta, actualmente está trabajando en su primera obra. Sus intereses abarcan poesía oriental, nahuatl e hispanoamericana.